Empecé este blog con 16 años y otro nombre ('Dime que series ves y te diré cómo eres'). En un principio solo hubo cabida para las series de televisión pero más tarde decidí ampliar el contenido a todo aquello que contase con un mínimo de guion/ficción, ¡incluso la propia vida, señorxs! Decía Susan Sontag en 'Contra la interpretación': "En las buenas películas existe siempre una espontaneidad que nos libera por entero de la ansiedad por interpretar". Carrie Bradshaw decía en 'Sexo en Nueva York': "I couldn't help but wonder...". Bienvenidxs. Contacto: oscarrusvicente@gmail.com



domingo, 14 de mayo de 2017

El órdago de 'Sé Quién Eres' que gripó su motor

Final del episodio 9: éste podría ser fácilmente el cenit de Sé Quién Eres
Sé Quién Eres acaba de finalizar en Telecinco tras la emisión ininterrumpida de su única temporada de 16 episodios con una audiencia más que estable, Las chicas del cable acaba de aterrizar en Netflix como su primera producción de ficción en España, La casa de papel se estrenó el pasado martes 2 de mayo con más de 4 millones de espectadores en Antena 3 (*) , el favor (¿exacerbado?) de la crítica especializada y un equipo responsable como aval (procedentes de Vis a vis), y TVE está a punto de estrenar la (ya) tercera temporada de El Ministerio del Tiempo, posible gracias a un acuerdo de colaboración con Netflix sobre sus derechos. Cuatro series que (para bien y para mal) están dando de qué hablar y eso es siempre positivo en nuestra ficción televisiva. Hoy hablaré de Sé Quién Eres.

(*) Con resbalón de audiencia en el segundo episodio. Más de un millón de espectadores se ha dejado por el camino en una semana. Hubo trampa: el estreno de la serie tuvo como telononera a una semifinal de Champions con doble sabor madrileño.

Al promocionar por enésima vez el inminente estreno de Sé Quién Eres a principios de año (habían sido varios los amagos de sacarla del cajón desde que empezó a grabarse en verano de 2015), a los de Telecinco se les ocurrió la idea de rememorar los tiempos de Twin Peaks y hermanar ambas ficciones: comparar el evento que supuso la ficción estadouniense de David Lynch en 1990 y el evento que se deseaba que fuese la ficción española de Pau Freixas en 2017. Por partes: tras la emisión del último capítulo de la primera temporada de Twin Peaks (por lo visto, Telecinco había prometido la resolución del misterio: el icónico "¿Quién mató a Laura Palmer?"), la centralita de la cadena se colapsó con llamadas de espectadores defraudados (*). Aquí la prueba en El País. Telecinco supuestamente quería curarse de espanto y es por ello que no quería atreverse a emitir el final de la primera temporada de Sé Quién Eres y montar semejante revuelo al de Palmer. Inicialmente se había contado que Sé Quién Eres contaría con dos temporadas, cada una de diez episodios (***). Pero más tarde se decidió solapar ambas temporadas, reducir el número de entregas a dieciséis y emitir la serie del tirón para evitar -ejem, ejem- el colapso de las centralitas (ahora twitter) de Telecinco. Más allá de mi incredulidad ante tal respeto por el espectador (*), es de agradecer su programación sin parón alguno. Las horas intempestivas son otro cantar.

(*) Algo que Antena 3 tenía la manía de hacer con El Internado anunciando los finales de temporada como finales de serie.
(**) El Príncipe pasó de los 6.290.000 espectadores (33,3%) del final de su primera temporada a los 4.883.000 (24,7%) del estreno de la segunda tras once meses de parón.
(***) La misma planificación llevada a cabo con La verdad, una de las series que Telecinco tiene en recámara. Parece que la próxima en desempolvar será Perdóname señor, miniserie de ocho episodios protagonizada por Paz Vega. Una mezcla entre El Príncipe y El Niño que no huele muy bien.

El bienmalavenido matrimonio Elías-Castro
Pero al César lo que es del César: Sé Quién Eres ha conseguido mantener una audiencia fiel de más de 2 millones de espectadores a lo largo de quince semanas, independientemente de la oferta del resto de las cadenas (la tercera temporada de Allí abajo de Antena 3). En mi caso, la he estado viendo gracias a HBO España al tenerla en catálogo en menos de 24 horas tras su emisión original. Pero aquí importa qué serie ha sido al final Sé Quién Eres, no sus números. Tras ver sus dos primeros episodios, escribí entusiasmado sobre ella: una digna heredera del mejor thriller (y culebrón cañí) de Motivos Personales y Acusados, una serie cuasi de autor, un misterio capaz de soportar la hora y cuarto de duración por episodio y unos personajes con la moral y los escrúpulos en stand by. La originaria primera temporada de la serie (o sea, sus diez primeros episodios) supone ya no sólo un entretenimiento de primera sino que por momentos es una serie de calidad de la que presumir como exportación.

A partir de aquí, spoilers | A Sé Quién Eres no le tembló en pulso en resolver el enigma de la amnesia real o fingida de su protagonista Juan Elías a los seis episodios; no le tembló el pulso a la hora de resolver el gran misterio central en un prologando (y efectivo, aprovechado) flashback durante el inicio del décimo capítulo; tampoco le tembló el pulso en resolver la identidad del topo entre las bambalinas de la ley, ni en retratar un matrimonio tan bien-mal avenido como el de Juan Elías y Alicia Castro (con una escena de sexo un tanto turbia en el hotel o ella dispuesta a tirar un cadáver por su amnésico marido) o abrazar por momentos el romanticismo heroico del villano Elías y su antigua amante -Eva Durán- para echarlo por tierra y empantanarlo hasta límites insospechados. Simultáneamente, la ficción tenía un ritmo frenético (siempre un giro, siempre una nueva pista) pero también se tomaba su tiempo para desarrollar a todos y cada uno de sus personajes y sus dilemas (Giralt y su marido fallecido es un ejemplo, el no querer volver a casa y refugiarse en el trabajo).

Aviso, spoilers de Homeland | Pero algo se torció con el cliffhanger con el que se despidió el décimo episodio, aquel que los señores de Telecinco no querían dejar en suspenso/suspense durante un año. Resuelto el enigma de Ana Saura (un whodunit entretenidísimo y bien hilado), se abrían dos nuevos enigmas: ¿Quién ha apuñalado a Alicia Castro? y ¿qué pasará con Ana Saura en cautiverio? Algo valiente hay en el traspase del décimo al undécimo episodio pues la serie muda radicalmente de piel, cambia su status quo (*). Sé Quién Eres ya no es una ficción devota al whodunit (aliñado con drama familiar-legal) sino una especie de drama psicológico. Durante el traspase, la serie perdió el encanto y Juan Elías y Ana Saura dejaron de ser tan interesantes. Lo mismo que le pasó a Homeland una vez resolvió el enigma sobre el ambiguo Nicholas Brody e incluso se le convirtió en doble agente. La gran baza de ambas series era la ambigüedad, el inflamable juego del gato y el ratón. Si el gran enigma concerniente a Ana Saura se resolvió en unos tempos imprevistos (9 episodios), los enigmas menores protagonistas de los últimos seis episodios sí han sufrido la demora: ¿importaba tanto a caso la identidad del atacante de la jueza Castro como para liar la perdiz hasta casi el último respiro de la serie? (**).

(*) Vis a vis también cambió de status quo en el ecuador de su segunda temporada tras -spoilers- el asesinato de los padres de Macarena y del Sirio. De este modo se dio carpetazo a la trama de la venganza entre familias a costa de un tesoro. Aquel salto al vacío por parte de los guionistas regaló, contra todo pronóstico, un maravilloso episodio como el 2x11 gracias al nuevo arco argumental con Zulema como protagonista absoluta. Un as bajo la manga preparado progresivamente desde el 2x01.
(**) El último giro de guion revela que Juan Elías no intentó matar a su mujer Alicia Castro pero sí tenía la intención de hacerlo e incluso presenció cómo Sergio Mur se le adelantaba. Funciona como punch emocional y encima sirve para justificar el destino macabro reservado a Eva Durán, su muerte a manos de su examante. 

Eva Durán (Aida Folch) ha sido el 'corazón' de la serie
Por otra parte, la situación de Ana Saura se prologa en demasía (sirve para que Pol abrace por momentos la villanía de su padre, reticente a ello previamente), agotando el momentum que podría haber supuesto el regreso al mundo de los muertos de la chica desaparecida. Da la sensación de que el epílogo de seis episodios funcionaba más sobre el papel que en su ejecución. En última instancia, el punto y final al misterio de Ana Saura (la ambición le lleva a encubrir a su secuestrador) se ve eclipsado por el de Alicia Castro. Muchas idas y venidas (que si Sergio Mur es el atacante de Alicia Castro, que si Sergio Mur es diestro o ambidiestro, que si el atacante resulta ser el padre de Sergio Mur, que si Sergio Mur acaba confesando que él sí la apuñaló. Tres cuartos de lo mismo con el secuestro de Julieta a cargo de Heredia), muchos personajes olvidados (David, Giralt) o desaparecidos durante episodios (Eva Durán,el 'corazón' de la serie, o Marta Hess) en favor de nuevos (Martín Barros) e incluso tramas que se quedaron en el tintero (el hermano gemelo de Pol).

La serie incluso pierde cierta calidad visual en los últimos seis episodios en los que pasan tantas cosas por minuto que al final no dejan huella. Sí, me parece valiente que los "malos" acaben ganando la partida (*)  y se reafirme la corrupción de la familia Elías-Castro-Saura, capaz de convivir con tantos secretos y tejemanejes pero al ser tan coherente el desenlace con la filosofía de la serie (el encubrimiento del hermano gemelo de Po, los consentidos cuernos extramaritales de Juan y Alicia, la identidad del padre de Julieta), no desencaja la mandíbula. Creo que me hubiera gustado ver aquella Sé Quién Eres de veinte episodios. Ah, que el capítulo final dure casi dos horas (exactamente una hora y cuarenta y cinco minutos) es demencial.

(*) Me viene a la mente el desenlace de Sin identidad (Antena 3) -spoilers- regalando a su antiheroína protagonista un desenlace más que satisfactorio (formando una familia) y al resto de personajes castigos más o menos duros como Amparo desterrada a su pueblo (en vez de sufrir la trata de blancas como su hermana había planificado) o Luisa negándose a sí misma una vía de escape.

martes, 2 de mayo de 2017

Lola Herrera haciendo de Lola Herrera

"Hacer de Carmen Sotillo es hacer un poco de Lola Herrera"
Sin spoilers | El único recuerdo que tenía hasta hace dos días de Lola Herrera era la serie de televisión Un paso adelante (2002-2005) cuya emisión me pilló aún en pañales pero las mil y una repeticiones de la TDT me permitieron descubrir (*) aquella ficción de Antena 3 donde la actriz daba vida a Carmen Arranz, directora de la academia de baile. Cierto es que Lola Herrera participó durante 2010 en aquel bochornoso remake de Las chicas de oro (a cargo de Televisión Española y José Luis Moreno) junto a Concha Velasco, Carmen Maura y Alicia Hermida. Lo que menos iba a esperar es que me sorprendiera y gustase tanto una película protagonizada por Lola Herrera haciendo de Lola Herrera... y de Carmen Sotillo (la protagonista de Cinco horas con Mario de Miguel Delibes). El título es Función de noche, data de 1981 (año de Patrimonio nacional de Berlanga, Bodas de sangre de Saura o El crack de Garci) y fue dirigida por una mujer: Josefina Molina, también directora de la serie de televisión Teresa de Jesús protagonizada por Concha Velasco.

(*) Gracias a la TDT pude ver Motivos personales a razón de un episodio por día.

Lo que más me gusta de Función de noche es la ardua tarea que supone enmarcarla en un solo género: ¿se trata de un documental? ¿De un falso documental? ¿Es teatro (*) con alguna pincelada del séptimo arte? ¿Qué tiene de verdad y qué tiene de ficción? ¿En qué momento Lola Herrera hace de Lola Herrera, de Carmen Sotillo o de una versión ficticia de Lola Herrera atrapada por su ficticia Carmen Sotillo? Ya no sólo me parece una propuesta transgresora en la multitud de géneros cinematográficos que pueda albergar sino en su forma (la digresión de las coordenadas espacio-temporales) y su fondo: un matrimonio roto capaz -después de quince años- de abrirse en canal, diseccionar un cadáver (su amor pero también una sociedad y una generación, productos de la posguerra) y hablar de sexo, de infidelidades, de orgasmos fingidos (el mayor engaño que Herrera confiesa haberse hecho a sí misma), de orgasmos nunca alcanzados. 

(*) El corazón de la película es el tú a tú de Lola Herrera y Daniel Dicenta en el camerino de ella.



La película ciertamente tiene una lectura de género. Es el relato de una mujer de 45 años que ve cómo el haber vivido según los cánones tradicionales (como hija, como madre, como esposa, como amante) sólo le ha reportado insatisfacción, infelicidad ("¿Qué se puede hacer cuando a uno no le gusta su propia vida?") e incluso no amar verdaderamente. Dicho rasgo transgresor de la película es reflejado en una confesión de ella: "Yo... los hijos han llegado a ser una carga para mí. Una carga maravillosa pero carga"(*). Herrera es una mujer inmersa en una crisis de identidad. Una mujer que siempre ha estado para los demás (desde niña) pero nunca para sí misma. Una mujer en búsqueda de soluciones. Cuidado, ligeros spoilers: Y todo por un desmayo de la intérprete mientras se mete en la piel de Carmen Sotillo durante la función de Cinco horas con Mario. La actriz empieza a identificarse con una mujer de ficción. Un desmayo, para más inri, que no es mostrado hasta casi al final de la película debido al jugueteo con las líneas temporales. Fin spoilers.

(*) Un tabú -el quejarse de la maternidad- que a día de hoy continúa vigente. Tan sólo que hay ver la polvareda que levantaron las declaraciones de la periodista Samanta Villar a principios de año.

En un momento dado de la película, Lola Herrera se queja del mal estado de los camerinos en los teatros, a lo que Daniel Dicenta (su exmarido) le responde: "Ya sabes este país lo maravilloso que es". Mariano José de Larra decía lo siguiente: "«En este país...», ésta es la frase que todos repetimos a porfía, frase que sirve de clave para toda clase de explicaciones, cualquiera que sea la cosa que a nuestros ojos choque en mal sentido. «¿Qué quiere usted?» -decimos-, «¡en este país!» Cualquier acontecimiento desagradable que nos suceda, creemos explicarle perfectamente con la frasecilla: «¡Cosas de este país!», que con vanidad pronunciamos y sin pudor alguno repetimos". Por cierto, la película está disponible en YouTube. Y dura menos de noventa minutos. Dos apuntes para despedirme:
  1. Otro enlace: El País haciéndose eco de Función de nocheSirve como explicación del largometraje.
  2. Una frase de Estudios sobre el amor de José Ortega y Gasset: "Cada época posee su estilo de amar".

sábado, 15 de abril de 2017

Review: 'In Cold Blood'

Philip Seymour Hoffman as Truman Capote in Capote (Bennett Miller, 2005)
The genre so-called true crime has never been outmoded but nowadays it has found a new comfortable home in radio and TV whose brilliance has been shown in serialized documentaries (Muerte en León, The Jinx, Making a Murderer) and podcasts (Serial). But another field which was conquered a long time ago by the wave true crime is literature whose main exponent is Truman Capote’s In Cold Blood, published in 1966.  Despite its structure, it’s not a proper novel but a non-fiction one. This work was born amidst the US New Journalism movement. In Cold Blood tells the murder (and its aftermath) of four members of a middle-class family in a small city of Kansas during 1959. The main characters throughout the 336 pages are the murderers: Perry Smith and Richard Hickock.

The story could be divided in three parts: the previous moments of the killing from the perspective of murderers and victims; the discovery of the assassination, the investigation by the police and the run-away of the killers; and the arrest of both and their trial. The writing style is compelling but dense -it asks the reader for 100% attention due to the complexity of subordinate phrases and introduction of quotes- and the plot itself is intricate because of the multiple timelines (flashbacks included) , points of view (even cats) and the never-ending list of secondary characters who contribute to make the story as real as painful. The portrayal and development of all characters (reminder: real people) are in-depth with the narrator giving every single detail of the past and current situation of them, their physical appearance and personality. Description of time and places are also in-depth.

In Cold Blood is not only a gripping reading about a brutal murder and its manifold consequences but also a thought-provoking depiction of (toxic) masculinity and gender. It’s even a social radiograph: how society rejects non-normative and behaves when tragedy crashes into peaceful lives. You should definitely read it if you are keen on New Journalism works, True Crime genre or just beautifully well written novels. But readers must be previously informed of explicit descriptions, product of vicious but honest Capote’s approach to murder. Even so, its final footnote is the most poetic passage someone will come across for a while.

De 'Serial' a 'S-Town', culpables del fenómeno podcast

Sin spoilers | Si hubiera algo verdaderamente extraordinario que rescatar de la memoria del año 2014 en términos de entretenimiento, no sería una película (¿Boyhood?) o una serie de televisión (¿The Leftovers? ¿Transparent?) sino un podcast: Serial. O mejor formulado: el primer volumen de Serial (compuesto por doce entregas). Fue vendido como spin-off del longevo podcast This American Life. Nadie previó que un programa de radio fuera a convertirse en la nueva obsesión de la seriefilia con un género tan adictivo pero manoseado en el documental y la ficción como el true crime (y el whodunit). Para más inri, sobre un lugar común como la desaparición y asesinato de una adolescente de 18 años cuyo principal sospechoso es/era su novio.

Pero Serial no sería un true crime al uso (*) pues no solamente reabría y revisitaba un caso de asesinato -con el supuesto culpable ya en la cárcel- sino que realizaba una esmerada radiografía del lugar (el Baltimore de Estados Unidos, escenario también de la serie The Wire), los tiempos (el ataque a las Torres Gemelas, la islamofobia post-11S) y la ley estadounidense además de ofrecer al oyente el avanzar de una relación cada vez más estrecha entre la periodista que capitaneaba dicha investigación (Sarah Koenig) y el supuesto culpable de tal crimen (Adnan Syed). El oyente vibraba con las dudas en voz alta de Koenig: ¿estaba siendo engatusada por Syed o era verdad que él era inocente y estaba agarrándose a un clavo ardiendo?

(*) Aunque todo oyente deseara una resolución clara y contundente, abonada al territorio de la ficción sujeta estrictamente al planteamiento-nudo-desenlace.

Se transmitía autenticidad y verdadera autoría (Koenig era la voz, la guía) y sobre todo: daba la sensación de estar viviendo un evento, como aquel que ve en directo el final de una serie longeva y de gran audiencia. Pero Serial, a pesar de ser concebida por sus responsables y consumida por sus oyentes como una serie de ficción (¿un docudrama?), se vio “obligada” a ceñirse a la realidad (al fin y al cabo se trataba de un trabajo periodístico) y renunciar a algún twist final que desencajase la mandíbula del oyente enganchado. Un giro de acontecimientos con el que otro true crime –este, televisivo- sí se toparía de la manera más tonta: The Jinx, documental de seis entregas de HBO. Una investigación periodística que también contaría con el morbo de la relación entre su máximo responsable Andrew Jarecki y su investigado Robert Durst.


Serial ni resolvió el misterio ni cerró el círculo. Al final del día, era una investigación periodística que apostó como ningún otro producto por el storytelling y las herramientas de la narrativa (cebos, cliffhangers) para lograr mayor enganche y atracción (Capote decidió inventarse, dicen las malas lenguas, el final de A sangre fría). Es más, yo mismo creí en un principio que todo aquello era fingido, una especie de documental falso. Pero no. Fue patente que ni siquiera los responsables de Serial esperaban tal positiva y desmedida recepción. Se notaba que creaban aquel relato sobre la marcha; tan sólo hay que echar un vistazo a la duración de cada entrega, a veces duraba casi sesenta minutos y otras, treinta.

Su segundo volumen (compuesto por once entregas) llegaría un año después del final del primero y tuvo que hacer frente a la “maldición” del sophomore year (segundas partes nunca fueron buenas…). La presión (un acuerdo económico de por medio e incluso un Peabody Award) hizo que se corriera a encontrar una nueva historia que enganchara y dejara a sus oyentes devanarse los sesos. Como ocurre con muchas segundas partes, se apostó por el “más es mejor”: se ampliaron las miras (ahora el susodicho crime involucraba no sólo a más personas sino a más importantes y el conflicto era mucho más universal, menos íntimo y personal) y fue marcado un objetivo mucho más ambicioso.

Nuevamente, lo que buscaba Serial era hacer una radiografía ya no sólo del mundo legislativo de Estados Unidos sino también de cómo funciona(ba) el militar. Una crítica. La búsqueda de culpables. En mi opinión, aquella propuesta hubiera funcionado mejor si hubiera sido Sarah Koenig la encargada de entablar conversación y conexión con el nuevo protagonista del segundo volumen: el sargento Bowe Bergdahl, una especie del ficticio Nicholas Brody de Homeland. Salvando las distancias, claro está. Bergdahl se encontró acusado de deserción por su propio país tras estar cinco años secuestrado por los Talibanes. Sin embargo, la principal fuente de este segundo volumen serían las conversaciones entre Bergdahl y Mark Boal, guionista de las últimas películas de Kathryn Bigelow, directora de cintas de género bélico como La noche más oscura y En tierra hostil (*).

(*) El dúo creativo Boal-Bigelow está a punto de estrenar Detroit.

Las expectativas claramente jugaron en contra del podcast. No ayudó además que meses antes del lanzamiento de su nuevo volumen, ya hubiera publicaciones y filtraciones sobre el leitmotiv del mismo. Aquel true crime, de secreto no tenía (casi) nada. Ya habían sido escritas páginas y titulares sobre él. Las extensas conversaciones entre Bergdahl y Boal iban a servir para un guion y llevarlo a la gran pantalla. El éxito inicial de Serial fue la imprevisibilidad de su existencia como producto así como el rescate de un crimen poco conocido que lograba la empatía del oyente. La más que posible injusticia sobre Syed congregaba “en las ondas”. Sin embargo, las altas esferas del segundo volumen y la distancia de Koenig fueron hándicaps difíciles de esquivar.


Casi dos años y medio después, un nuevo podcast descoloca a la blogosfera. De los responsables de Serial y This American Life, procede S-Town cuyas siete entregas fueron lanzadas el pasado 28 de marzo de una misma tacada uniéndose a la moda del binge-watching (*) de las series del modelo Video On Demand [VOD (Netflix, Amazon)]. ¿Podríamos catalogarlo como binge-listening? En el caso de Serial, su emisión fue semanal o posteriormente bisemanal (“every other week”). Serial y S-Town no podrían ser productos radiofónicos más distintos pero a la vez tan similares. Quizás la principal semejanza entre ambos sea su capacidad de adicción y la estrecha relación entre periodista y sujeto protagonista. Durante sus primeros compases, S-Town parece ser Serial II (o III), es decir, un nuevo true crime que desempolva un crimen del pasado que pasó inadvertido en su momento y simultáneamente pinta un cuadro de sus coordenadas temporales y espaciales así como de los personajes involucrados.

(*) Maratoneo de toda la vida del señor.

Pero no, S-Town no es un true crime en absoluto aunque juegue por momentos a ello. Sí, hay una muerte pero no precisamente de quien se nos “avisa” en un principio. El oyente, tras escuchar la primera entrega, pensará que el periodista Brian Reed se dedicará a investigar el supuesto asesinato de un joven en un pequeño pueblo de Alabama. Es la segunda entrega la que establece realmente el quid de dicho excepcional podcast con un giro digno del mejor thriller. O del mejor realismo. S-Town es un género radiofónico que aúna múltiples géneros (uno de ellos es el true crime) y múltiples historias. Es la historia sobre un hombre diferente, extraordinario. Es una historia de recuerdos o más bien un rompecabezas de recuerdos. Es la historia incluso de la búsqueda de un tesoro. Es la historia de un lugar y sus gentes: la América profunda donde se pasea tranquilamente la supremacía blanca. Es la historia de rifirrafes legales. Es la historia de muchas historias de amistades y amores nunca consumados.

Si en el primer volumen de Serial, lo que más enganchaba era la relación entre Sarah Koenig y Adnan Syed; en S-Town, el motor principal de sus siete entregas es la imprevista relación entre el periodista Brian Reed y John B. McLemore, (a partir de aquí spoilers) más si cabe cuando uno de ellos acaba desapareciendo del mapa. En S-Town tampoco hay una gran resolución del misterio (misterios) pues John en sí es un enigma imposible de descifrar. El podcast cuenta con altas cuotas de emotividad, especialmente cuando algunos entrevistados hablan de John o incluso el propio Reed expone sus recuerdos sobre John.

La película Brokeback Mountain sirve en S-Town para que el oyente "empatice" por comparación con uno de los romances homosexuales que tuvo John pero es también elemento clave del propio romance narrado en la sexta entrega del podcast
Hay un pasaje que podría encapsular la esencia del programa de radio: Rita, una de las entrevistadas (la prima de John que por momentos parece la villana de la función) le confiesa a Brian que cree que Tayler (el “ahijado” de John que por momentos también parece el villano de la función) es quien empujó a John al suicidio. Uno de los grandes atractivos (*) de S-Town y su co-protagonista John es su orientación sexual. Cómo vivía con ella en un ambiente de represión, sus vivencias, sus ligues telefónicos. O sus amistades con las que compartía pasión: la reparación de relojes, la horología. John era dos personas en una: el racista y homófobo pero también el “semisexual” (o “queer”) que él mismo reconocía ser. Al final, S-Town es un intento de descifrar el por qué acaba suicidándose una persona. Qué factores le llevaron a ello. Y Brian Reed, más o menos, acaba resolviendo dicho “crimen”. Otros “crímenes” no.

(*) Aunque criticado por su “marco” hetero-normativo cuyo mayor exponente es la alusión a la película Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005). Slate (S-Town Was Great—Until It Forced a Messy Queer Experience Into a Tidy Straight Frame) y Vice ('S-Town' and the Loneliness of Being Gay in the Rural South) han escrito sobre ello. El artículo de Vice podría entroncar con este reportaje de HuffPost Highline a cargo de Michael Hobbes: The Epidemic of Gay Loneliness.
  • Penúltimo apunte: ya hablé en su momento de Le llamaban padre (de la familia Podium Podcast de Prisa), un muy recomendable true crime radiofónico español aunque difícil de digerir por los temas que trata.
  • Último apunte: el sumo mimo de S-Town llega incluso a sus créditos finales con A rose of Emily de The Zombies como fondo. Una letra que bien podría aplicarse a John: "There's loving everywhere but none for you" // "Hay amor en todas partes pero nada para ti".

lunes, 3 de abril de 2017

El pasar de los tiempos


Sin spoilers | Meterse a una sala de cine a ver una película de dos horas y media siempre me supone un dilema. No por la duración en sí sino por el cansancio que servidor lleve detrás y sobre todo: el tipo de película. Hace unos meses, corrí y sudé para llegar a tiempo a ver La reconquista (Jonás Trueba, 2016). Llegué exhausto durante los créditos iniciales y me dije: "si la película es buena, no importará el traqueteo". Mención a su idónea duración: noventa minutos. Poco a poco, a medida que servidor iba recuperando el aliento y la cabeza dejaba de martillear, la película fue deshojándose -mediante conversaciones entre sus ex-novios, una reducida pero vivaz presencia de Aura Garrido y un prolongado flashback- para demostrarme que no importaba cuán matao había llegado a la sala. Jonás Trueba, hasta hoy día, es un apostar sobre seguro: Todas las canciones hablan de mí, Los ilusos, Los exiliados románticos y la anteriormente mencionada. Por fin, además, he leído Crímenes imaginarios de Patricia Highsmith, presente en La reconquista. Es ya habitual encontrarse en el cine de Trueba alusiones a obras literarias pero en su última película, traslada la mera alusión verbal en imágenes: Sidney imaginándose cómo enrolla el cadáver de su mujer Alicia en una vieja alfombra. Una novela que une a dos ¿treintañeros? que compartieron el primer amor en la adolescencia. Por cierto, veo cierta conexión entre los Crímenes imaginarios de Highsmith y la Perdida de David Fincher/Gillian Flynn: la decadencia de un matrimonio que juega muy peligrosamente a la ruleta rusa con algún que otro fiambre real como consecuencia.

Hace unos meses acabé con una cita viendo Que dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen, 2016). Aquel viernes me había levantado a las seis de la mañana por lo que ver una película a las ocho de la tarde no era el plan más apetecible del mundo. Hice de tripas corazón pues precisamente había que darle alguna alegría al mismo. Sorogoyen también es, a día de hoy, un apostar sobre seguro. No, no he visto 8 citas ni tengo intención. Pero Stockholm (id, 2013) me resultó tan invasiva -en el mejor sentido de la palabra- que prestar atención a su siguiente obra era obligatorio. Que dios nos perdone me despertó de aquella modorra con un thriller apabullante. Doy gracias a ese increcendo continuo. Ver cadáveres de viejas desnudas con todo el matojo al aire -con un plano que ni lo esconde ni lo espeta a la cara- me hizo de café. Cabe mencionar la conexión (¿inspiración?) entre nuestra patria Que dios nos perdone y la argentina El secreto de sus ojos (Juan José Campanella, 2009), ambas con un final donde la justicia es ejecutada precisamente en sus márgenes: con el corazón en una mano y el machete en la otra. Y en ambas, el ambiente socio-político del momento y la amistad entre profesionales juega un papel relevante.


Hace años lo pasé francamente mal viendo La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013) y no por su explícito sexo sino por su duración. Era tarde-noche, yo estaba con medicación hasta el culo y tenía mucho sueño. Ergo, se me atragantó la película (y los espaguetis). Sin embargo, me sorprendo en mi cabeza defendiendo la película. Soy capaz de separar la experiencia del visionado de la excelente calidad de la película. Precisamente hace unas semanas acabé bailando su ya apropiado I Follow Rivers de Lykke Li en Ochoymedio.

Algo similar me ocurrió con Aquarius/Doña Clara (Kleber Mendonça Filho, 2016) hace unas semanas. Sí, con una cita. Sentí tentación de ver Toni Erdman pero aquella tarde yo no tenía tres horas de completa atención e inmersión. Media hora más, media hora menos, acabé (acabamos) viendo los 140 minutos de Aquarius. Una muy notable película que requiere atención, paciencia, el acto de saborearla. El cansancio y el martilleo de la cabeza aceleraron a partir del ecuador del visionado. Acabé deseando que llegaran los créditos finales sólo para poder respirar aire fresco. Aún así, hay escenas que me visitan en el recuerdo: Clara (*) conociendo al novio de su hijo mediante una fotografía del móvil. Diciéndole al hijo que no está muerta, que llame, que no mande solo mensajes, que vaya a verla. Clara despidiendo a sus tres hijos y nietos, viendo los coches irse, volviendo a una soledad que ella parece disfrutar.

(*) Sonia Braga, a la que recientemente he visto en tres episodios de Sexo en Nueva York como interés amoroso-sexual de Samantha (Kim Cattrall).



Aquarius me recordó a otra película protagonizada por una mujer: L'avenir/El porvenir (Mia Hansen-Løve, 2016). Aquí es Natalie (Isabelle Huppert), a la que recuerdo cogiendo en brazos a su nieto durante los últimos compases de la película para a continuación la cámara atravesar el piso a golpe de Unchained Melody (*) de The Fleetwoods. También recuerdo a Natalie explicando a sus alumnos en mitad del parque que en el arte (en el cine), es el tiempo el que dictamina la verdad sobre su calidad (¿quién se atreve a afirmar que Homero o Shakespeare son un mojón?). Ambas películas, con sus conflictos centrales (una constructora al acecho o un marido infiel), hablan largo y tendido de la vida. De su cortedad y, ¿por qué no?, de su ligereza (la vida que pesa es aquella que es vacía según Milan Kundera en La insoportable levedad del ser). Tanto Clara como Natalie han vivido mucho (cáncer incluso) y seguirán viviendo mucho. Sin sus maridos (una muerte, una infidelidad más un divorcio) y con sus hijos, sus nietos. En ambas películas, ambas mujeres afrontan los problemas con tranquilidad y serenidad (*), no montan grandes dramas.

(*) "A long, lonely time / Time goes by so slowly" | "Un largo, solitario tiempo / El tiempo transcurre tan lentamente".
(**) Excepto por Clara -cuya paciencia es drenada- que acaba explotando durante la última escena de la película tras un mazazo recibido en forma de termita.

La cita de Que dios nos perdone no fue a ningún lado. Quedé con él una vez más y no nos volvimos a ver. ¿La cita de Aquarius/Doña Clara? El tiempo dirá.

La prueba: Sonia Braga dándolo todo en Sexo en Nueva York

lunes, 20 de marzo de 2017

En defensa de un clásico desdeñado: 'Sexo en Nueva York'


Sin spoilers | En una época en la que -vayamos a exagerar- se estrena cada día una serie nueva (a veces una temporada completa nueva gracias a/por culpa de plataformas como Netflix o Amazon), se hace cada vez más difícil no prestar atención a las novedades y descubrir viejas glorias, manantiales de inspiración de tales novedades. Si cuando disfruté de Netflix, aproveché para ver excelentes series británicas que no tenía pensado hacer (Doctor Foster, River), ahora HBO España -cuya suscripción comencé para recompensar mi ilegal visionado de los primeros ocho capítulos de Westworld- también me está dando sus frutos: la sexta y final temporada de Girls (miedo me dan los derroteros en esta especie de prólogo), la miniserie Big Little Lies (un tanto inofensiva y más light de lo que esperaba pero muy entretenida), Sé Quién Eres (el noveno episodio es un órdago en toda regla con un cliffhanger aguardado pero no con tal prontitud) y Sex and the City/Sexo en Nueva York. Prefiero utilizar el nombre original pues -aún sin saber exactamente el porqué- encapsula mucho mejor la razón de ser y esencia de una serie que en ocasiones es olvidada a la hora de recomendar los clásicos de HBO que todo seriéfilo debería ver como The Sopranos, The Wire o Six Feet Under. Aquí una columna de Emily Nussbaum sobre tal olvido: Difficult Women.

Mi mayor reticencia al aproximarme a Sex and the City era su posible caducidad. Los clásicos no suelen envejecer pues -perdón por la osadía de dármelas de experto- suelen hablar de temas tan universales que no pasa de moda el tratar los mismos. Six Feet Under/A dos metros bajo tierra, casi doce años después de haber finalizado, sigue estando vigente. Más que nunca, diría yo. La experiencia era la siguiente: nunca entré en el mundo de The Sopranos o incluso The Shield porque ya había comprado el de Breaking Bad. Aquí era Girls el hándicap pues la premisa básica de ambas series es la vida de cuatro mujeres en la ciudad de Nueva York. Claro, que la primera diferencia es que las protagonistas de Sex and the City están en la treintena (e incluso cuarentena) mientras que las de Girls están en la veintena. Con Girls como referencia, Sex and the City podría saberme a poco pues, ¿qué me iba a contar que ya no me habían contando otras series de corte similar? Osadía la mía.

Tras 3 temporadas y 48 episodios vistos, mis malsanos prejucios seriéfilos han sido disipados a golpe de unos personajes perfectamente construidos (cuyos clichés sirven de gags constantes y los guionistas deciden abrazar a pesar de renunciar a una mayor profundización), unos diálogos afilados, un excelente humor que se amolda a las tramas de turno y un drama nada exacerbado. Sí es cierto que la serie a veces se permite dejarse llevar por la intensidad de Carrie (Sarah Jessica Parker) y su affaire con Big (Chris Noth). ¿Otra diferencia? El tono. Puede que Sex and the City, a medida que la serie avanza (y por tanto conocemos más a las protagonistas y hay romances que se convierten en arcos argumentales), gana peso dramático pero casi todos los conflictos de sus personajes son contados en clave de comedia; tan sólo hay que ver cómo la gran trama de Charlotte durante la tercera temporada es desarrollada. Podría haber sido un dramón, no lo es. Sex and the City no es una dramedia, es una comedia. Sin embargo, a día de hoy, de Girls no se podría decir ni por asomo que es una comedia. Personalmente, mientras veo Sex and the City, encuentro un happy place (lugar feliz) de 20 minutos de duración mientras que en Girls, encuentro acidez e incomodidad a raudales. Ambas buscan provocar pero mientras que la primera es más benévola con su espectador, la segunda es más descortés.

Carrie (Sarah Jessica Parker) durante uno de sus típicos monólogos mediante voz en off
Es patente e innegable la revolución que supuso Sex and the City allá por 1998: cuatro mujeres hablando y disfrutando del sexo sin "atadura" (*) alguna. El espectador está ahora acostumbrado a ver series donde ésto sucede, empezando por Girls, pasando por Transparent y acabando en Fleabag. Tres ejemplos donde el pensar y actuar feministas de sus creadoras (Lena Dunham, Jill Soloway y Phoebe Waller-Bridge respectivamente) queda claro aun con sus contradicciones (que no dudan en plasmar en pantalla). Previo visionado, me preguntaba: ¿encontraría Sex and the city demasiado machista? ¿Poco feminista? Es innegable que la serie -como su propio título indica - se dedica principalmente a indagar (e hurgar) en la vida amorosa-sexual-romántica de sus cuatro protagonistas, dejando (muy) poco espacio para tramas que muestren aspectos -por ejemplo- profesionales. Es más, la serie es consciente de ello desde (casi) el inicio de la misma: en el primer episodio de la segunda temporada, Miranda (Cynthia Nixon) se queja de que la única conversación que tienen sus amigas gira en torno a hombres. Parece incluso un mensaje a aquellos críticos de televisión que tildaran a la ficción de frívola, misógina o machista. La ficción no brilla precisamente en su aproximación a la diversidad de género y sexual pero es fácilmente obviable. ¿Es, por ejemplo, reprochable que Carrie no crea en la bisexualidad y se refiera a ella como una fase hacia la homosexualidad? Es cuestión de comprar o no lo que su creador Darren Star (**) ofrece.

(*) Sí hay ataduras pues si no, no habría serie.
(**) Ahora con Younger; allá por los 90, artífice de Melrose Place y Beverly Hills, 90210/Sensación de vivir.

Me aventuraría a decir que no es que Sex and the City sea una serie machista sino una serie donde sus personajes pecan de cierto machismo, muy notable en los personajes de Samantha (Kim Cattrall; quien para equipararse a los hombres, se comporta igual que ellos en lo profesional y sexual, o sea, muy agresivamente) y Charlotte (Kristin Davies, una mojigata creyente en el amor romántico e incapaz de decir en voz alta "palabras sucias") y más ambiguo en los personajes de Carrie (cuyas dudas que todo feminista debería replantearse son la mecha temática de cada episodio) y Miranda, quizás el personaje que más represente a la mujer feminista contemporánea, aquella que se resiste a aceptar el techo de cristal, sufre y detecta los pormenores del éxito profesional a la hora de ligar con hombres o cómo la soltería e incluso el vivir sola en un gran apartamento son percibidos negativamente por otras personas. Miranda no concibe una relación amorosa con otro hombre que absorba todo su tiempo (Charlotte sí, por ejemplo), lleva el pelo corto, no viste de forma ""femenina"" ""hegemónica"" y tira de cinismo a raudales (a la par que Samantha). Un ejemplo: una conversación entre Samantha y Miranda. La primera se pregunta por qué ahora todos los hombres quieren que las mujeres se depilen el vello púbico a lo que la segunda responde: "Es obvio. Quieren a una niñita".

Big (Chris Noth) durante una de sus primeras apariciones en la serie
¿Y Carrie? El gran escollo pero a la vez piedra angular de Sex and the City es sus idas y venidas con el personaje de Big (Chris Noth). He aquí otro de mis prejuicios: cómo no agotar el denominado end game entre Carrie y Big, o sea, el deseo de que una pareja de una serie de televisión sobreviva hasta el último episodio. Por suerte, Chris Noth -como ya hiciera posteriormente en The Good Wife- no es un personaje regular por lo que en muchos episodios ni se le ve. Además, como también ocurre con el personaje de Adam en Girls (*), Big es un tipo que cae mal al principio por pecar de misterioso pero el embrollo en el que se ve inmerso entre la recta final de la segunda temporada y la tercera, le humaniza. No hay algo que me enfurezca más en la ficción que hacer romper a una pareja por caprichos de guion y menear la trama; en Sex and the City, las ideas y venidas de Carrie y Big han tenido razón de ser hasta el momento. Eso sí, Carrie es un personaje mucho más interesante cuando Big está en la sombra. Pero al César lo que es del César, si la serie tiene golpes de efecto (es comedia pero por algún lado habrá que enganchar a largo plazo) es gracias a este romance que nunca sabes cuando va a reflorecer nuevamente. Ídem con -spoilers- la relación entre Miranda y Steve -fin spoilers-.

(*) En un principio el end game de la protagonista, Hannah Horvath.

Si en Girls, la amistad es retratada con suma decadencia, Sex and the City es un canto a la amistad incluso cuando las cosas se ponen feas. Tan sólo hay que ver los rifirrafes entre Charlotte y Samantha -polos apuestos- o -ligeros spoilers- la primera gran bronca entre Carrie y Miranda, una amistad que poco a poco se hace más estrecha al ser los personajes que más "dilemas" y personalidad comparten -fin spoilers-.Si hay una comedia contemporánea que canta a los cuatro vientos la amistad entre dos mujeres neoyorquinas, esa es Broad City. En definitiva, Sex and the City es un imprescindible clásico de HBO ya no sólo por la innumerable lista de actores y actrices que fueron apareciendo como personajes episódicos o la oportunidad de reconocer el germen de series actuales sino por algo tan básico como que entretiene. Muchísimo. Y ni ha caducado todavía ni es sólo una serie para mujeres. Es más, con las gafas violetas puestas, el visionado adquiere mayor riqueza.

"Yo siempre voto a los candidatos según su apariencia" - Samantha Jones (Kim Cattrall)

domingo, 12 de marzo de 2017

Relatos Cortos (XXIX)

Los hermanos Gregson en la tercera temporada de la serie de televisión 'United States of Tara'
En medio de aquel batiburrillo festivo, propio de la celebración de un cuarto de siglo, tropecé con la conclusión de que había perdido definitivamente a mi hermana. Ya no viviría sus despertares ni sus soliloquios productos del sonambulismo. Hubo un tiempo en el que nos visitábamos en nuestros respectivos dormitorios, convertidos a largo plazo en refugios a prueba de insultos. Durante aquella velada sabatina, me cayó un jarro de agua bien fría: «Me ha abandonado...». Pero mi hermana no es la verdugo. Hubo una vez que soñábamos vivir juntos. Sin mamá. Quizás con papá (como acto de recompensa. O caridad). Pero mi hermana es la víctima. Fue su hermano (yo) quien abandonó el nido de águilas no una vez sino en dos ocasiones. Durante el primer exilio, me lloraba, me imploraba el regreso. Meses antes, en vísperas del verano, ella decidió dejar de hablarme. Recuerdo el compartir un autobús dirección Moncloa una mañana y ella no dirigirme la palabra. Me era merecido aquel castigo. Durante el segundo y por ahora último exilio, fue ella misma quien me condujo a mi destino. Incluso me animó a ello aún sabiendo el inevitable aislamiento expectante en la ácida morada de nuestros progenitores. Recuerdo aquel viaje de más de una hora en coche como si fuera ayer.

Visito a papá y mamá; no está ella. Extraño abrir la puerta de su habitación sin llamar. Extraño preguntarle que «cuándo va a cenar», que si «cenamos juntos». Extraño el casi mearnos de risa contándonos inverosímiles anécdotas. Extraño regresar a casa de fiesta juntos. Extraño hasta tirarle mi ropa interior sucia a la cara. Extraño verte llorar. Extraño que me veas llorar. Pero tú eres más feliz en tu nuevo hogar y yo lo soy en el mío ya no tan nuevo. Me entristece que nuestra relación fraternal no vaya a ser la misma a pesar del cumplir de las buenas nuevas soñadas estos últimos tiempos. Me entristece no recordar con exactitud nuestro día a día de antaño. Me atemoriza un nada apetecible futuro en el que -ya adultos- nos echemos las vergüenzas a la cara sin pudor alguno y no prime el recuerdo de nuestras infancia y adolescencia en común. Te aseguro que en menos tiempo del que imaginas, descansarán en tu memoria exclusivamente las bondades de vivir con papá, mamá y servidor. Dejaré de usar palabras como abandonarexilio para catástrofes si acaso venideras. Hasta entonces, disfrutemos de la paz apremiada. Nos irá bien en la vida, es una corazonada.

sábado, 4 de febrero de 2017

Lo breve bueno

Poca tele y cine veo últimamente. Tiene sus pros y sus contras. No veo todo lo que me gustaría estar viendo (Loving, Toni Erdmann, la segunda temporada de The Man in the High Castle) pero lo poco que veo, lo escojo con sumo cuidado para su casi seguro disfrute. Ha sido el caso de la cuarta y final temporada de la serie Rectify, el documental Muerte en León (Justin Webster, 2016), la película Little Men (Ira Sachs, 2016) o la serie Sé Quién Eres, cuyo mayúsculo entretenimiento me llevó a escribir sobre ella. Bueno, también he tenido tiempo de leer finalmente A sangre fría de Truman Capote.

Rectify, en su cuarta temporada, resulta más luminosa y esperanzadora que nunca
Con respecto a la serie de SundanceTV (aquí una introducción a su peculiar mundo), es de agradecer que el tono del último volumen haya sido un poco más luminoso y la ficción no haya desbarrado en su intento de desmarcarse del típico whodunit (porque a Rectify nunca le interesó quién había matado a quién). En tiempos de discursos de odio, sus últimos episodios abogan por el perdón y la redención en vez de por la venganza. Apuesta por el futuro esperanzador de sus personajes. El final es onírico tal y como la serie lo fue especialmente durante sus primeros capítulos con un Daniel respirando a bocanadas un mundo nuevo tras veinte años en la cárcel. Una poesía en imágenes que Capote, por ejemplo, también trasladó en palabras para cerrar una novela de no ficción demasiado cruda por momentos. El escritor le cede el protagonismo al héroe de la historia y mediante flashback, apuesta por la vida entre las tumbas de un cementerio.

En el caso de Muerte en León, documental de cuatro entregas de Movistar+ que se une a esta nueva ola del true crime ya sea en el género documental, (The Jinx, Making a Murderer), el radiofónico (Serial, Le llamaban padre) o de ficción (American Crime Story), sí que interesa quién mató a quién y el 'entre bambalinas' de un crimen y un juicio que abrieron informativos durante semanas: el asesinato de la política leonesa Isabel Carrasco. Al igual que ya ocurriese durante los últimos compases de The Jinx, Muerte en León también se encarga de arrojar un twist aunque no de tal magnitud como aquel micrófono abierto delatador de hace dos años. En el caso español es -spoiler- cuestión de llamadas telefónicas nunca puestas en duda, fin del spoiler


La intro de Muerte en León es una declaración de intenciones y casa totalmente con el tono del documental
Muerte en León, al igual que hiciese aquella primera investigación de Serial con Baltimore, también realiza una radiografía de una ciudad y una España manchadas de corrupción. El giro más loco del documental de Movistar+, más propio del culebrón tipo Scandal o How to get away with murder, es -aviso de spoiler- la posibilidad de que Carrasco tuviera un interés sexual hacia la hija de su verduga, fin del spoiler. Y lejos del Fresh Blood de Eels que ilustra con suma mala baba la intro de The Jinx, Muerte en León inicia dicha radiografía en los mismísimos créditos de manera más sombría y seria.  Por cierto, si hay algo que agradecer a la creación de los periodistas Webster y su colega Enric Bach -procedente del Salvados de Jordi Évole- es el rehuir de una abusada reconstrucción de los hechos; son sólo pequeñas píldoras sobre los minutos clave del crimen que nunca muestran más de lo debido. En The Jinx sí que fueron más explícitos con las reconstrucciones. Aún así, me da la sensación de que las investigaciones periodísticas de The Jinx y Serial tuvieron mayor repercusión (no sólo en términos de audiencia) en los casos investigados. ¿Dónde está ahora mismo Robert Durst? Exacto.

En la deliciosa Little Men, capaz de abstraerme en un día pre-exámenes, no hay ningún fiambre pero sí algún que otro muerto metafórico que los personajes deben cargar sobre sus espaldas. Little Men, al igual que ya ocurriese con su prima hermana Love is Strange (Ira Sachs, 2014), pertenece a esa ficción en la que parece que no pasa nada pero está pasando de todo. Como en su día ocurriese con Mad Men. Sachs y su colega Mauricio Zacharias consiguen que cada elipsis y fundido a negro funcionen como un reloj suizo y aunque su médula sea aparentemente la amistad entre dos chicos adolescentes neoyorquinos, existen muchos frentes abiertos cotidianos alrededor. La cinta no adoctrina ni tiene un único discurso (*) dejando total libertad al espectador que forme un veredicto, si es que llega a alguno. Me parece peculiar cómo Sachs y Zacharias utilizan la muerte como elemento catalizador tanto en Love is Strange (último acto) como en Little Men (primer acto). Peculiar también cómo el cierre de ambas películas abre aún más la historia: el futuro esperanzador del adolescente. Ya sea probando las mieles del primer amor o acudiendo a un museo con sus nuevos compañeros de instituto.

(*) Me quedo con uno de sus tantos mensajes: en la vida todo es cuestión de equilibrio y de confiar en las capacidades de uno mismo. O esa rabia acumulada descargada del progenitor contra el hijo descubriéndole un secreto: los padres también son humanos. Y se equivocan.

Ejemplo de perfecta elipsis en Little Men
Por cierto, ya que he hablado de una producción de Movistar+, qué menos que mencionar Tabú de Jon Sistiaga. Su segundo volumen (Y al final, la Muerte...) está dedicado al óbito y cuyo riesgo no reside únicamente en el qué se cuenta sino también en el cómo, con un despliegue técnico que en la televisión española en abierto tan sólo podría ser equiparado con el de Salvados (laSexta). Aquí, la voz en off y reflexiones de Sistiaga sí encogen el pecho no como los del Chester de Risto. Este segundo volumen tan sólo consta de 5 entregas de una hora de duración. Rectify tiene 30 episodios. Muerte en León, 4 entregas. Little Men no llega a los 90 minutos. Sé Quién Eres -viento en popa tras el tercer capítulo- sólo tendrá 16 episodios.  Lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Ah, ¿recordáis quién era también muy buena en las elipsis? Mad Men.

miércoles, 25 de enero de 2017

'Sé quién eres' sabe qué (buena) serie es


Sin spoilers | Tenía ganas de hincar el diente a Sé Quién Eres, lo nuevo de Telecinco y Pau Freixas (Pulseras Rojas). Lo último de ficción de Mediaset que había visto -no vale Cámbiame- fue la miniserie de 6 episodios Hermanos allá por otoño de 2014; la pretensión de retratar la España de los 80-90 a través de la relación entre dos hermanos y su vecina (*) de toda la vida quedó en agua de borrajas. Ha llovido desde entonces (Telecinco tenía aún entre manos el exitazo El Príncipe). Más ha llovido desde que siguiese regularmente una serie de televisión de la cadena: Acusados (2009-2010), por la que corrieron virtuales ríos de tinta debido a sus descaradas similitudes con la estadounidense Damages. Eso sí, me lo pasé pipa con la segunda temporada de la serie protagonizada por Blanca Portillo -ahora en Sé Quién Eres- y José Coronado (posteriormente reclamo en El Príncipe) en la que dejó de vivir de las rentas del plagio, construyó un nuevo misterio desde (casi) cero y coqueteó con el espíritu de Motivos Personales y el arrojo de incluso matar algún personaje principal (**).

(*) Eso sí, María Valverde estaba espléndida como periodista.
(**) Spoiler de 'Acusados': El asesinato del bonachón Jorge Vega supondría un punto de inflexión en el ecuador de la 2ª temporada. Daniel Grao abrazaría con acierto la villanía años después en Sin Identidad. Fin spoiler.

Si Acusados o Motivos Personales -dos muy buenas series de la factoría Telecinco- pertenecían al género whodunit, Sé Quién Eres (más o menos) también: ¿quién es el responsable de la desaparición de una joven? No, Sé Quién Eres no arriesga en temática (*) pues, ¿cuántas películas y series giran en torno a la desaparición de una chica? Me viene a la mente The Killing y su Rosie Larsen (**) o incluso esa marcianada de TBS llamada Search Party cuyo McGuffin es la 'desaparición' de Chantal. Pero incluso en España tuvimos a la Patricia Marcos de Desaparecida. Además, la actualidad siempre acaba superando a la ficción tristemente. No hay nada más lucrativo para la sección de sucesos del magazine matinal de turno que una chica desaparecida. En Sé Quién Eres, su nombre es Ana Saura y, cómo no, bajo sospecha está un miembro de su familia: su tío Juan Elías (un Francesc Garrido como anillo al dedo). La ficción no obvia la presencia de los medios de comunicación sino que es un elemento clave a la hora de hacer avanzar la trama. Ah, por cierto, en Acusados también había un sospechoso desde el principio: Joaquín de la Torre (José Coronado).

(*) ¿Acaso lo hace Pulsaciones (Antena 3) con algo tan hollywoodiense como el trasplante de almas? Sólo he visto el primer episodio y me dejó un tanto indiferente.
(**) La serie estadounidense sobrevivió dos temporadas más tras resolver le identidad del asesino/a. Desaparecida lo intentó mediante aquel spin-off, UCO, pero no hubo suerte. 

En retrospectiva, si hay algo que rechacé por completo de otros whodunit patrios como Bajo sospecha o Mar de plástico era el continuo subrayado sobre quién recaía la sombra de la desconfianza en cada episodio. En Sé Quien Eres, a juzgar por los dos primeros episodios, el juego de quién será el malo malísimo parece que será más comedido pues ya de por sí la premisa y baza de la ficción es confiar o no en el principal sospechoso y su amnesia. Como ocurrió en su momento con el Nicholas Brody de Homeland o el Paul Spector de The Fall. Es más, el juego del gato y el ratón propuesto entre Juan Elías y Eva Durán (Aida Folch) recuerda al de Brody y Carrie Mathison en el thriller de Showtime.


Aida Folch regresa a la televisión con Sé Quién Eres tras Cites (TV3) y Cuéntame cómo pasó (TVE)
Hay muchísimo que elogiar de los dos primeros episodios, empezando por lo más visible: la puesta en escena. Cambiamos Madrid por Barcelona -algo que es de agradecer- pero el juego de grises de los personajes se traslada a las imágenes con luces y sombras; mención especial a las numerosas ocasiones en las que la cámara se posiciona detrás de los personajes. ¿Querrá decir algo? Pues todos ellos esconden algo. Pero la serie no se conforma con tener a la Barcelona urbana de high standing como escenario sino que parece que sus responsables han tenido la libertad de abrir plano y desplazarse al campo (el auto-destierro del personaje de Eva Durán; la búsqueda de Ana en el bosque) y al mar (como fondo de una de las discusiones del matrimonio Juan-Alicia).

La serie, como todo whodunit, juega a más niveles a parte del thriller: drama familiar de altas esferas a lo Sin Identidad (Antena 3) o Herederos (TVE) y drama legal que parece beber del Chicago de The Good Wife. Y para colmo, destila un corrosivo humor cuyo mejor ejemplo es ese "me caes mal" de Juan Elías a su mujer sin acordarse de ella. Un humor que no estorba como ya ocurriese en la adrenalínica y dramática Vis a vis (Antena 3) que de vez en cuando dejaba respirar al espectador.

La serie -a diferencia de Pulsaciones- no puede optar por un elenco reducido (si no, ¿dónde estaría la gracia?) pero el casting es todo un acierto incluso en nombres como Valle Eva Santolaria -una juguetona fiscal- o Martiño Rivas poseído por el Otto de Los amantes del círculo polar ártico (¿estará realmente enamorado de su hermanastra?). Hay material interpretativo del bueno: una Blanca Portillo capaz de asesinar con la mirada y al segundo sentir piedad por ella, un Antonio Dechent cuyo personaje huele a puro y putas desde el sofá, un frágil Nancho Novo cuyo personaje navega entre el anticipado duelo y la venganza o incluso el omnipresente Carles Francino, cómodo en un registro y un papel ya hechos a su medida desde el chulo Rai de Hospital Central. Yo sí me acuerdo del fatídico romance con Lola (Marián Álvarez).

Ahora sólo queda cruzar los dedos para que el castillo de naipes no se derrumbe durante los próximos 14 episodios a nivel de audiencias y especialmente a nivel creativo pues el culebrón de peor tufo ya asoma tímidamente la patita durante el segundo episodio con un secreto revelado al más puro estilo hermano malvado de Bart en Los Simpson

Yo apuesto por este caballo ganador.

Francesc Garrido y Blanca Portillo ganándose el pan en Sé Quién Eres (1x02)