Comencé en ésto de blogger con 16 años pero no le di vidilla al blog hasta los 18 tras empezar la universidad. En un principio sólo hubo cabida para series pero luego expandí la temática a todo aquello que tuviera un mínimo de guión/ficción; ¡hasta la propia vida, señores! Bienvenidos/as.

lunes, 8 de agosto de 2016

El arte de encapsular el tiempo


«A veces ocurre que estamos solos y absortos en un juego, y de repente, se alzan en la casa esas voces coléricas; seguimos jugando mecánicamente, metiendo piedras y hierbas en un montoncito de tierra para hacer una montaña. Pero, mientras tanto, ya no nos importa nada esa montaña, sentimos que no podremos ser felices hasta que la paz no vuelva a la casa. Oímos portazos y nos sobresaltamos; vuelan palabras rabiosas de un cuarto al otro, palabras incomprensibles para nosotros, no intentamos entenderlas ni descubrir las oscuras razones que las han dictado, confusamente pensamos que debe de tratarse de razones horribles, todo el absurdo misterio de los adultos pesa sobre nosotros. [...] Muchas veces está con nosotros un amigo que ha venido a jugar, hacemos con él una montaña, y un portazo nos dice que se ha acabado la paz. Muertos de vergüenza, fingimos estar muy interesados en la montaña, nos esforzamos por distraer la atención de nuestro amigo de esas voces salvajes que resuenan por la casa; [...] Tenemos la absoluta certeza de que en casa de nuestro amigo nunca hay discusiones, nunca se gritan palabras salvajes; en casa de nuestro amigo todos son educados y tranquilos, las discusiones son una vergüenza especial de nuestra casa. Después, un buen día, descubriremos con gran alivio que en casa de nuestro amigo también se discute como en nuestra casa, que se discute en todas las casas del mundo.»

Aviso, spoilers de las películas 'Boyhood' y 'Nebraska' | Natalia Ginzburg escribió Las relaciones humanas en Roma durante la primavera de 1953. Este texto sería publicado en la revista Terza generazioneEl fragmento señalado viene a colación por un largometraje al que hasta hace varios días no me había atrevido a hincar el diente, como todo clásico que se precie. Ya sea instantáneo o no. Hablo de Boyhood (Richard Linklater, 2014), cuya mayor hazaña es haber sido grabada durante doce años. Entre 2002 y 2013 concretamente. A los cinco minutos de comenzar la película, el protagonista, Mason (Ellar Coltrane), no logra conciliar el sueño mientras escucha a su madre, Olivia (Patricia Arquette), discutir con su novio. ¿El motivo? Los hijos de ella«I was someone's daughter and  then I was somebody's fucking mother» // «Fui la hija de alguien y entonces fui la puñetera madre de alguien». Algo contra lo que el personaje se revelará a lo largo de toda la película. 



Existe otra escena igual de reveladora, casi cincuenta minutos después. Olivia se ha casado con Bill (Marco Perella), un profesor de la universidad; cada uno de ellos añade a la unidad familiar otros dos miembros más. En dicha escena, los cuatro hermanos se encierran en una habitación tras su padre -alcóholico- montar en cólera durante la comida. Mason se "entretiene" viendo un sketch de Funny Or Die con Will Ferrell. No quise ver Boyhood en su momento por la ingente cantidad de hipérboles a favor de la criatura de doce años de Linklater. Tampoco tuve tiempo para escaparme a un cine en versión original por aquel septiembre de 2014: mi primer trabajo remunerado. Casi dos años son suficientes para desinflar el temido bizcocho de la expectativa y he de dar la razón a todos aquellos que encumbraron esta obra a los altares del séptimo arte. Boyhood (*) es, como reza su subtítulo español, básicamente momentos de una vida. No hay grandes escenas. No hay grandes frases ni diálogos. Tampoco hay un drama exacerbado (**). Ni siquiera hay una muerte (en pantalla); tan sólo un padrastro alcohólico. Bueno... dos.

(*) La cual iba a llamarse 12 years antes de irrumpir 12 Years a Slave 12 años de esclavitud. Lo mismo le ocurrió a la Julieta de Almodóvar después de que Scorsese hiciese oficial el nombre de su próximo título: Silencio.
(**) Lorelai Gilmore, la hija del director, pidió a su padre que matara a su personaje Samantha, la hermana de Mason. Él se negó.



Boyhood ya me tiene ganado durante sus últimos compases después de que el personaje de Olivia resuma el quid de la cuestión (la vida)«I just thought there would be more» «Tan sólo creí que habría más»Se avecina el síndrome del nido vacío después de que su segundo hijo se marche a la universidad. Pero va Linklater -o a quién se le ocurriera- y envuelve los créditos finales con  Deep Blue de Arcade Fire y me acaba por rematar. Tras dos horas y cuarenta y cinco minutos, cierra el telón Boyhood. Cierra el telón la vida. La de Mason. Me revuelve el estómago porque un servidor machacaba en la cadena de música [que le regaló su padrino por su comunión] el álbum The Suburbs de Arcade Fire cada tarde mientras estudiaba segundo de bachillerato. Eso o 1999 de Love of Lesbian. Dudo de que pueda volver a vivir un verano con tantos horizontes abiertos como el de 2012. 

Otra película a la que me había resistido a hincar el diente es Nebraska (Alexander Payne, 2013), una road movie en blanco y negro de cuyo libreto es artífice un desconocido Bob Nelson. Exceptuando a Will Forte (la gran sorpresa para mí), cuenta con un elenco protagonista de aúpa: Bruce Dern -padre de Laura Dern-, June Squibb (a la que recientemente he pillado en la minoritaria ficción de HBO Getting on) y Bob Odenkirk (Breaking BadBetter call Saul). Puede que Nebraska no relate doce años pero rezuma toda una vida, la de Woody Grant (Dern), a través de los diálogos y los descubrimientos que su hijo David (Forte) hace mediante la interacción con su propia familia o los habitantes del pueblo donde sus padres antes vivían. Nebraska podría ser hasta una reflexión sobre el recuerdo -más allá de la demencia senil (¿o es alzheimer?)- cuyo mayor exponente sería la disputa de toda la familia por quién prestó dinero a quién. Nebraska maneja a la perfección los fantasmas del pasado invocados durante el viaje, algo que por ejemplo la también road movie 'Grandma' (Paul Weitz, 2015) hace más torpemente. Boyhood y Nebraska abrazan tal simplicidad que las aúpa sin embargo a la complejidad narrativa. Si la primera acaba con un muchacho de 18 años, disfrutando de la infinidad del horizonte... la segunda finaliza con un padre y un hijo acercándose a ese horizonte que una vez creyeron perenne.

jueves, 28 de julio de 2016

Adiós 'Looking'

Spoilers | Me resulta difícil hablar de Looking sin desviarme hacia lo personal. Hablé de ella en febrero y marzo de 2014 sobre su primera temporada. Hay una escena en la TV movie de la serie de HBO en la que se evapora toda bilis en contra de una serie que me entusiasmó sobremanera en su primer año pero provocó una inesperada indiferencia en el segundo. Es la despedida entre Patrick (Jonathan Groff) y Kevin (Russell Tovey) en la boca de metro. Kevin le pide un último abrazo (*). Patrick acepta. Kevin le da un beso en la mejilla... y otro en la boca. Le toca el lóbulo de la oreja izquierda y posa su mano derecha en la mejilla. Y adiós. Ya está. Eso es lo que quería Patrick: cerrar un capítulo de su vida. De eso trata la TV movie de Looking también. De dar carpetazo a una serie que nunca se ganó el sello HBO. O sí. Y por eso mismo no cumplió las expectativas del espectador homosexual hambriento de una ficción que le hablase de tú-a-tú, algo que la discusión entre Patrick y Brady -el novio de Richie- pone de manifiesto. No me dolió la cancelación ("cancelación"). Tampoco me dolió decirle a Ben que no viniera a España. Que no se subiese a ese avión cuyos tickets ya había comprado. Pero empecé a echar de menos Looking. Empecé a echar de menos a Ben, en cuya cocina de Durham vi el quinto episodio de la segunda temporada con la ansiedad por las nubes de un país extranjero. Con la errónea medicación y una cajetilla de tabaco LM -que fumaba desde que viví con mi señor abuelo- que me ventilé. Pocos días después, tumbados en la cama de su hermana en Caldecote -antes de que Paula nos interrumpiera para bajar a comer- estuve a punto de pedirle ser pareja y monógamos, algo que Looking -al igual que Please like me (**) o Six Feet Under también han tratado- utilizó como dramático broche a su segundo volumen. «Me hubiese gustado ver una tercera temporada», me dije allá por febrero cuando sí regresó Girls por quinto y penúltimo año. Una serie que también me ganó en su temporada debut para perderme momentáneamente durante los primeros compases de su segundo año. Contra todo pronóstico, su tercera temporada me reenganchó y a día de hoy continúa siendo mi favorita. Este capítulo final es una apuesta sobre seguro y cierra más o menos los arcos argumentales de todos sus personajes sin nunca olvidar que su protagonista siempre fue un insoportable Patrick, un espejo en el que me he sentido reflejado en muchas ocasiones. Andrew Haigh y Michael Lannan han preferido decir adiós con un buen sabor de boca tras la amargura de la cancelación. La serie me perdió al centrarse tanto en el quién-acaba-con-quién, formando un agónico triángulo amoroso entre Patrick, Kevin y Richie que degeneró en un quinteto con Jon y Brady en la ecuación. La serie no se centró solamente en la deriva amorosa de su protagonista (algo que por otro lado resulta comprensible, ¿por qué apostar por la coralidad?) sino que perdió un poco de vista a Dom (mi personaje favorito, qué bien le sienta la barbaza a Murray Bartlett) y Agustín, cuyos arcos argumentales podrían haber sido más exprimidos. Eché de menos a Lynn (Scott Bakula)... Tan sólo hay que ver a qué queda reducido el personaje de Eddie en la película. Y aún siendo consciente del patinazo de la serie, la TV movie me ha reconciliado con la serie y sobre todo con Patrick. Y bueno... hemos podido disfrutar de Doris.  

(*) ¿Quién no ha pedido un abrazo en busca de un beso?
(**)Ved Please like me, una serie a la que sí se le da bien tener un protagonista homosexual y encima crear inesperados triángulos amorosos no solo una vez, ¡sino dos!

martes, 19 de julio de 2016

La escena (semana 18-24 julio)


Aviso, spoilers de 'Tres colores: azul' y  'Copia certificada'
Diecisiete años pasaron entre la Juliette Binoche de Tres colores: azul (Krzysztof Kieslowski, 1993) y la Juliette Binoche de Copia certificada (Abbas Kiarostami, 2010), ambas versiones sujetando una taza de café. La primera para mezclarlo con un sorbete, solitaria, tras la muerte de su familia en un accidente de coche en la que ella también iba. La segunda, en compañía de un hombre que el espectador desconoce -y desconocerá tras el cese del repicar de las campanas y los créditos finales- si es su cónyuge o un completo anónimo al que acaba de conocer. Me encandila Juliette Binoche. Me recuerda a Rachel Griffiths (A dos metros bajo tierra, La boda de Muriel). Incluso a Helena. Caí rendido ante su figura vestida de Chanel en la retorcida Clouds of Sils Maria (Oliver Assayas, 2014) en la que no solo Binoche se ríe de sí misma (*) sino que Kristen Stewart y Chloë Grace Moretz hacen lo propio. Si hay algo que tienen en común Copia certificada Clouds of Sils Maria es que resultan más reconfortantes de analizar y recordar que de ver por primera vez. De eso también se trata el cine: de hacer pensar. De incomodar. Pero si hay algo que aplaudir de la obra de Kiarostami es ese giro de guion sin anestesia que se marca en el exacto ecuador de su película con un deus ex machina en forma de femme italiana. Ante el desconocimiento de la naturaleza de la relación entre los personajes de Juliette Binoche y William Shimell, la camarera da por hecho de que son marido y esposa y entabla una conversación de tú-a-tú con la protagonista femenina que resume a la perfección la dominación de las mujeres bajo el yugo machista. La conversación culmina con la femme obedeciendo las órdenes de unos clientes varones que piden más vino sin respeto alguno. Pero lo más fascinante a la par que frustrante del relato es la semilla de la duda que el cineasta iraní planta justo in media res: ¿son un matrimonio hastiado que juega a ser una pareja de desconocidos o son unos desconocidos que juegan a ser un matrimonio desavenido?

(*) Con mención meta a su participación en un blockbuster tipo Godzilla y un valiente desnudo integral.


martes, 12 de julio de 2016

El tiempo a veces perdona

Frances Conroy (Ruth Fisher) y James Cromwell (George) 
Hablemos de la muerte. De la vida. De la ficción que traspasa la realidad con técnicas narrativas que viran hacia la fantasía. O la ciencia ficción. Habréis oído hablar multitud de veces de ella. Habréis dicho de este verano no pasa sin que la vea para que dejen de dar el coñazo con que es la serie de mi vida. A dos metros bajo tierra marcó un hito en HBO junto a otras series como Los Soprano y Sexo en Nueva York. No nos olvidemos de Oz, la eterna desdeñada. O aquella que nadie vio en su momento y ahora se rescata en pack: The Wire. Six Feet Under como miembro vip de la ¿verdadera? edad de oro de las series ha tenido hijas de nuestro tiempo: Shameless, United States of TaraTransparent, Casual. Incluso The Big C. Todas ellas se erigen en torno a una familia atípica cuyo ojo del huracán puede ser el oficio, la enfermedad o la identidad de género. Jill Solloway, creadora de Transparent, reconoció la similitud entre ambas series. La también productora ejecutiva y guionista de SFU -creada por Alan Ball, guionista de American Beauty y padre de la también marciana True Blood- más tarde se embarcaría junto a Diablo Cody en aquel tour de force de Toni Collete en Showtime llamado United States of Tara que descubrió a Brie Larson, sí, la posible Captain Marvel. Pero ninguna de ellas -solamente Transparent- se acerca tanto al enigma que nunca tiene respuesta: la delgada línea roja que separa vida y muerte y en la que hacemos malabarismos todos los días. ¿Es necesario hacer una presentación de la serie? Tan solo tenéis que saber que es una familia que regenta una funeraria. Aquí dos reseñas que no hacen justicia a la serie: de 2011 y 2013.

Peter Krause (Nate Fisher) y Rachel Griffiths (Brenda Chenowith)
Six Feet Under cumplió 15 años el pasado viernes 3 de junio. Todas sus temporadas -a excepción de la segunda y la tercera que comenzaron en marzo- dieron su pistoletazo de salida alrededor del 40 de mayo. El verano le sienta bien a la serie. Una serie tan dramática y oscura con la claridad de Los Ángeles de fondo es mejor ver en época estival con menor carga lectiva o laboral. Para saborearla. Sufrirla en el mejor sentido seriéfilo de la palabra. Mi primera vez con SFU fue en 2011. Bueno, mentiría. No recuerdo cuándo pero hubo anteriormente intentos frustrados de ver el piloto. Nunca pasaba del segundo episodio hasta que lo hice la primera quincena de julio. ¡Click! No recuerdo el día. Recuerdo que volví de estar una semana en Fuenteguinaldo (Salamanca), perderme el Orgullo (aún estaba en el armario) y tener ganas de volver a ver episodios de Queer As Folk. Finalicé su primera temporada por cortesía para descubrir que A dos metros bajo tierra me hablaría también de la homosexualidad desde una perspectiva que yo pedía a gritos. A día de hoy, quince años después, el discurso (los múltiples y contradictorios discursos) de la serie continúa intacto y más fresco que nunca. Hay series que envejecen pero cuando tratas temas tan universales y atemporales, chronos no acecha, todo lo contrario: encumbra. ¿Fue A dos metros bajo tierra una adelantada de su época? Con la burbuja del remake, reboot, precuela y secuela en su punto más álgido, SFU es inmune. No hay manera de hacer una secuela (quienes-la-hayáis-visto-sabéis-porqué). ¿Para qué hacer una nueva versión cuando la original es como el vino? Los actores nunca estuvieron mejor y 63 episodios tampoco son para tanto. Eso sí, no son carne de maratón. En eso se parece a The Leftovers. Hay que dosificarla para no caer en una tonta depresión que con una ducha de agua fría se quitaría. Lo más fascinante de esta quinceañera es que uno encuentra satisfacción en su desasosiego. Uno se siente más vivo que nunca durante el visionado. Resultaría tramposo afirmar que ahora se hace cine en televisión (*) cuando en realidad se perpetúa el "séptimo arte" en la caja tonta desde que puede despertar los mismos sentimientos y en eso, SFU siempre fue una alumna aventajada. En, por ejemplo, hacerte llorar a moco tendido durante una hora con All Alone, el décimo episodio de la quinta temporada. Una hora que a día de hoy sigue estremeciéndome más que por ejemplo la famosa secuencia final a golpe de Breath me de Sia.

Mi escena favorita de A dos metros bajo tierra [4.01]

lunes, 11 de julio de 2016

Reportaje especial (II)

LA CARA B
Reivindicación, ayuda y colaboración son varias de las facetas de la poliédrica blogosfera
“Blog: sitio web que incluye, a modo de diario personal de su autor o autores, contenidos de su interés, actualizados con frecuencia y a menudo comentados por los lectores.” - RAE
Violeta Assiego tiene 44 años. Es lesbiana. Transgénero. Activista LGTBI (Lesbianas, Transexuales, Gays, Bisexuales, Intersexuales). Trabaja en Metroscopia como analista e investigadora. Estudió derecho. Está muy vinculada a la defensa de los derechos humanos y en concreto de los colectivos vulnerables y la discriminación por orientación sexual o identidad de género. El 23 de septiembre de 2013 fue publicada la primera entrada de 1 de cada 10, un blog sobre temática de diversidad sexual y de género que Assiego propuso junto a su amiga periodista Nayra Marrero a la subdirectora de 20 Minutos, Virginia Pérez, y la responsable de la sección de blogs, Melisa Tuya; quienes recibieron con las manos abiertas dicha propuesta y dieron luz verde al proyecto. "Me parecía un medio que representaba muy bien a la población en general sin tendencia ni sesgo políticos”, comenta Assiego. Sus creadoras no querían que se pudiera asociar el tema LTGBI con una corriente ideológica en concreto. 1 de cada 10 es el único blog sobre esta temática en un periódico español de información generalista.

Los cines Renoir Princesa albergan preestrenos a los que Fuertecito acude
A Pedro Fuertecito J. García le gusta también contribuir al feminismo y a la lucha por los derechos de la comunidad LTGBI a través de su blog. Fuertecito no ve la tele nació a caballo entre 2009 y 2010 -como proyecto paralelo al doctorado que estaba realizando- en el que en un principio sólo había cabida para la ficción televisiva pero después fue incorporado el séptimo arte. “Soy bastante activista. No es sólo sobre cine y televisión sino que también es un poco sobre la cultura en general y vender el cine y la televisión como el reflejo de la cultura y la sociedad en la que vivimos y como yo y la gente que visita el blog quiere que sea esa sociedad. La sociedad por la que luchamos un poco”, comenta Fuertecito sobre el uso de su blog (y el Facebook de éste) como plataforma para contribuir con su granito de arena a diferentes luchas sociales. Fuertecito tiene 34 años. Estudió Filología Inglesa en su Murcia natal y Comunicación Audiovisual en Sevilla. Un máster y un doctorado le prosiguieron al no encontrar trabajo. El germen de su blog está en fotolog, una red social de fotografía  que sin embargo, según Pedro J. García, “la gente utilizaba para soltar sus parrafadas personales y muchos lo usábamos para hacer críticas”. Fuertecito no ve la tele comenzó su andadura profesional en el servicio Blogger –permite crear y publicar una bitácora en línea- pero a los dos meses se mudó al sistema de gestión de contenidos Wordpress.

Quien desde un principio alojó su blog en Wordpress fue la talaverana Estefanía Soriano. Tiene 42 años. Madre de una adolescente de 14 y una niña de 5. Trabaja como funcionaria en un departamento de comunicación del Ayuntamiento de Fuenlabrada.  Padeció cáncer de mama bilateral estadio III.  Siempre ha sido muy inquieta con la tecnología. Le gustan mucho las redes sociales y antes de crearse el blog, ya tenía perfil de Twitter, Facebook, Instagram y Pinterest.

Estefanía padeció primero la enfermedad y después se tuvo que quitar el pecho sometiéndose a una mastectomía radical. El día antes de la operación, un 23 de agosto de 2011, nació Adiós, Lolas, Adiós. “Yo estaba en la sala de espera del hospital esperando a hacerme un reservorio de sangre y estaba hasta las muelas de contarle a todo el mundo lo bien que estaba”, relata una Estefanía cuya versión de hace casi cinco años se dijo a sí misma: “me apetece hacer un blog”. Se metió desde el móvil en el buscador y tecleó  cómo-crear-un-blog.  Fue autodidacta, aprendió a base de errores. “Ni siquiera había dado un curso de wordpress que ahora veo que hay dos mil millones”, compara.

En su génesis, Adiós, Lolas, Adiós era un diario personal aunque también un altavoz para su familia y amigos. Su filosofía de recién bloguera respondía a “yo escribo una vez y ya todos me leéis, sobre todo mis amigos. Pues ya sabes cómo estoy a través de eso”. Se asustó cuando el público lector dejó de ser exclusivamente su círculo familiar y amistoso. Adiós, Lolas, Adiós forma parte del bautizado -por sus propias integrantes- oncoblog, un mundo en el que las mujeres relatan su experiencia con el cáncer de mama.

De Talavera de la Reina es también Álvaro Cabo Ciudad. Cuando fue creado el primer blog reconocido en 1994, él ni siquiera había nacido. Álvaro nació en 2003. Diez años después utilizaría Blogger para dar luz a Mi país a través de mis ojos. La idea surgió un 30 de diciembre después de que Álvaro visitase la Biblioteca Nacional. “Quise sacarme el carnet de la biblioteca, entonces me lo denegaron simplemente por ser menor de edad”, cuenta el ahora ya adolescente y estudiante de 2º de la ESO (le adelantaron un curso por sus altas capacidades). Considera aquella adversidad como la gota que colmó el vaso después de otras desventuras anteriores y a raíz de eso, se preguntó: “¿A través de qué forma se le puede escuchar a un niño de diez años?”. Él lo que quería era denunciar lo que le había pasado y reivindicar su carnet. “¿Cuál es la forma más productiva? Internet. ¿Qué es lo que más me gusta? Leer y escribir. Los fusioné y además como se estaba poniendo de moda la tecnología blogger  pues así comenzó Mi país a través de mis ojos”, relata. Álvaro lee la prensa desde los seis años. Ve los telediarios desde los cinco.

Dos años después, su blog ha recibido más de 200.000 visitas y ha publicado casi 150 artículos. Nació con varios objetivos de entre los cuales el primero que se cumplió fue que su padre dejase de fumar por una apuesta que hicieron. Sin embargo su objetivo principal era y sigue siendo ayudar a otras personas, especialmente las que como él son de altas capacidades.

Donde hay patrón, (a veces) colabora marinero
Dicen que cada maestrillo tiene su librillo. Cada bloguero también. En el caso de 1 de cada 10, son nueve maestrillos y nueve librillos. Además de Violeta Assiego y Nayra Marrero al timón, navegan junto a ellas Laura Ramírez Martín, Lucía Rodríguez Sampayo -desde El Salvador-, Carmen López, Enrique Anarte Lazo, Nieves Gascón, Andrea Puggelli -desde Italia- y Charo Alises. Más allá de sus profesiones –periodismo, abogacía, fotografía, trabajo social, politología, Relaciones Internacionales, cooperación-, todos tienen algo en común: el activismo LGTBI. “Son una especie de pulmón y corazón al mismo tiempo, son los órganos vitales del blog”, se enorgullece Assiego. Ellos se responsabilizan de escribir una entrada al mes como mínimo.

Bajo la filosofía de 20Minutos.es de apostar por la participación de los usuarios, en 1 de cada 10 ha habido firmas invitadas de la envergadura de Lucas Platero, Beatriz Gimeno, José Ignacio Pichardo, Jesús Generelo, Fernardo Olmeda, Paco Tomás… También ha habido espacio para firmas menos conocidas. “Hay gente a la que invitamos a escribir y en otras ocasiones nos llegan los textos”, comenta la capitana de la bitácora. “La idea del blog es que todo el mundo pueda escribir, se sienta partícipe a escribir, no hace falta ser activista, ni hace falta ser LGTB, ni hace falta saber escribir”, detalla Assiego, quien se encarga como capitana de leer, revisar y editar los textos siempre y cuando no se altere su idiosincrasia.

En Fuertecito no ve la tele, hay patrón pero también marinero: David Lastra. Es uno de sus mejores amigos y se incorporó en mayo de 2013. ¿El porqué? El cada vez más elevado número de pases de prensa para la proyección de películas antes de su estreno. Como mínimo, Fuertecito acude a tres a la semana; máximo, siete. Ha habido semanas que ha acudido a seis o siete pases de prensa si no se han solapado. “Me gustaba mucho cómo escribía y solemos coincidir mucho en nuestras impresiones sobre series y cine. Y dije: bueno, puede ser una extensión coherente de lo que es mi marca, mi estilo y confié para que me ayudase en esos tiempos de necesidad”, comenta Pedro J. García sobre su particular Robin cuya colaboración no es remunerada aunque este Batman murciano puntualiza: “de vez en cuando le invito a comer”.  Tampoco es retribuido el trabajo de Fuertecito. “De blogger no se vive a no ser que seas un trendsetter absoluto”, aclara. Según el también traductor, para ganarte la vida como blogger tienes que estar inserto en un conglomerado (Sensacine, eCartelera, Fotogramas, Cinemanía…) o que te hayan contratado como firma dentro de un medio más grande.

El dominio y el hosting (alojamiento web) le cuestan a Pedro alrededor de unos setenta euros al año. En su blog hay publicidad: los pop-ups, es decir, las ventanas emergentes. Son anunciantes que se publicitan a través de plataformas como AdSense de Google y Adcash. “Están ahí porque tengo que sacar de alguna manera rédito al trabajo. En algún momento tendrá que dar algo… no sirven para nada. Un céntimo por cada click”, se queja. Pero el lector no hace click a no ser que se equivoque. La única publicidad que sí le aporta algún beneficio son los publirreportajes y los concursos propuestos por las empresas, las cuales pueden llegar a pagar no sólo el material del concurso sino también económicamente. Pero a Pedro no le gusta abusar del publirreportaje o el contenido patrocinado. Sus lectores están acostumbrados a un tipo de textos: “es injusto para ellos que te están siguiendo y desvirtúa la imagen del blog”. Fuertecito no gana dinero por ver la tele pero sí satisfacción aunque admite que  “también te abre puertas a otro tipo de trabajos y colaboraciones”.

En 1 de cada 10, sí hay una pequeña gratificación. “Casi simbólica”, matiza Assiego. Estefanía Soriano, en cambio, pertenece a la categoría Juan Palomo de la blogosfera: yo me lo guiso, yo me lo como. Podría sacar beneficio. Desvela que hay un mercado negro de farmacéuticas y empresas en busca de datos de pacientes. Álvaro Cabo Ciudad también se guisa su redacción y hasta el diseño del blog aunque con una peculiar ayudante de cocina: su madre. Es quien modera los comentarios del blog y se encarga de las redes sociales. “Mi madre ha sido y será mi manager. Es la que organiza todo más o menos”, detalla. 

La decisión de Estefanía
A Estefanía Soriano, creadora del blog Adiós, Lolas Adiós y paciente de cáncer de mama, le marcó mucho una doctora. “Yo estaba en el hospital, me acababan de diagnosticar y de operar, empezaba el tratamiento de quimio en nada”, relata. Estefanía estaba en su vorágine del día a día y le dijeron que iba a estar un año parada. Ella ni se lo imaginaba: “¿Yo dejar de trabajar un año?, ¿qué me estás contando? Luego fueron dos”.  La ginecóloga que le atendió también había sido paciente. “Llegó con su pelo, que es algo que te obsesiona, que se te va a caer y le ves ya a ella con su melenón, trabajando”, recuerda. Para Estefanía fue fundamental ver a alguien que había retomado su vida tras la enfermedad. Es por ello que tomó la decisión de abrir una bitácora en la que diera constancia a otras mujeres de que “el cáncer se supera y puedes hacer una vida relativamente normal después y que si consigues tener un ánimo firme puedes ayudar a la gente”.

A Estefanía tan sólo le bastó un móvil para crear su blog el día antes de la mastectomía
Lo personal es político
Mientras 1 de cada 10 y Fuertecito no ve la tele comparten la reivindicación de la cuestión LTGBI; Adiós, Lolas, Adiós y Mi país a través de mis ojos tienen otros frentes de ayuda y protesta. Gracias a su blog, Estefanía Soriano fue requerida en 2015 junto a otras asiduas del oncoblog por una farmacéutica interesada en el idioma que usan para conectar con su público. “El blog del tema cáncer es curioso porque tenemos una faceta detrás que no se ve. Tú ves muy pocos comentarios en el blog pero tengo mil correos”, cuenta Soriano, consciente de que “se crea un vínculo muy especial entre la mujer que ha pasado la misma enfermedad”.  

No sólo farmacéuticas se han aproximado a ella, también los medios de comunicación al ser voluntaria testimonial de la Asociación Española Contra el Cáncer. Le parece que el oncoblog “es el altavoz más bonito del mundo cuando una enfermedad tan dura, sabes que la va a pasar tanta gente y que la está pasando tanta gente y al ver a alguien que ya la ha pasado, que te lo cuenta en pasado con un punto de vista de ‘¡oye, que esto se pasa, que puedes seguir haciendo tu vida!’, a mí  me parece tan fácil hacerlo así que ojalá tuviera el triple de lectores y el triple de difusión porque en un caso como este, es medicina”. Para Estefanía Soriano, escribir es una terapia muy positiva con la enfermedad. “Yo soy informadora, reclamo mucha información y en mi caso no la encontré. Los médicos te dicen que ‘ni se te ocurra buscar’”, se queja la onco-bloguera que quiso cambiar un poco el concepto de que no todo lo que hay en internet es malo.

La interacción con sus seguidoras es directa. Contesta rápido a los correos electrónicos. Incluso queda en persona con ellas. “Me gusta no solamente ese día de la consulta sino luego que me cuenten cómo les va”. Una seguidora le llegó a consultar si dejaba a su marido. En el cáncer de mama, hay muchos temas detrás –la sexualidad, el mirarse en el espejo- que son el día a día que ni siquiera el médico cuenta. Estefanía sí. La catalogación de minusvalía a los enfermos de cáncer –inexistente- es otra de las tantas reivindicaciones en su blog aunque también hay lugar para consejos de belleza desde extensiones de pestañas –más cortas tras la quimioterapia- a pezones de silicona. Estefanía ha llegado incluso a estar en la consulta de una paciente que se iba a reconstruir el pecho y estar dudando: “¿Qué hago? ¿Lo hago o no lo hago?”. Estefanía cierra la puerta, se quita la camiseta y dice: “¿Te gusta? ¿No te gusta? Pues mira… duele aquí… duele aquí… o esta marca aquí…” Para ella, esto “es fundamental en muchísimos casos para que la gente tome una decisión”.

En el caso de Álvaro Cabo Ciudad,  el tema que más aborda en Mi país a través de mis ojos es la educación. También habla de actualidad política y economía pero nunca pierde el foco: ayudar a través del blog, su libro Ser inteligente no es un delito y su conferencia Tu éxito está en tu esfuerzo, a las personas que posean altas capacidades y sobre todo dar herramientas a los profesores para sacar provecho de ellas. Uno de las entradas de las que más orgulloso está es Ni uno más. Fue publicada el 22 de enero de 2016, el mismo día en que Diego González –un chico de altas capacidades- se suicidó. “Estaba tan sumamente cabreado que ni leía lo que escribía”, afirma Cabo Ciudad quien no ve lógico que un chico pueda suicidarse por tener tal dotación.

“Tienes que tener claro que si quieres mantener un blog más de dos años, no puedes malgastar tu tiempo jugando a la play, en redes sociales, en el ordenador…”, opina el joven talaverano. El futuro está a la vuelta de la esquina. A Pedro le gustaría “con el tiempo” convertir Fuertecito no ve la tele en un portal de autores “pero es algo que lleva tiempo y un poco más de organización que no puedo dedicar”. Violeta contempla la consolidación de 1 de cada 10. Existirá si tiene sentido. Si no, “habrá sido una experiencia maravillosa”. Álvaro augura el mañana desde su faceta más emprendedora: “Mi país a través de mis ojos va a tener una expansión a Latinoamérica brutal”. En el caso de Adiós, Lolas, Adiós, el tiempo se mide de distinta manera. “Yo soy una enferma de alto riesgo y siempre voy a tener revisiones, siempre voy a tener momentos de tensión, siempre voy a tener momentos de dificultad porque la enfermedad te ha dejado unas secuelas que irán apareciendo con el tiempo. Material siempre va a haber”, se resigna Estefanía. Dependerá de ella si le apetece seguir. A día de hoy, todo el futuro del mundo.

domingo, 10 de julio de 2016

Relatos Cortos (XXVII)


Siempre se había tragado la normatividad de las relaciones afectivas, concretamente las que atañían al amor y al sexo. «Poner los cuernos». Creyó durante la adolescencia y los albores de la post-adolescencia que la infidelidad hablaba de carne(s). Pero no. El mismo día que cumplió veintiún años, comprendió que el ser infiel no entendía de camas sino de algo tan abstracto como dedicar pensamientos o reservar un minúsculo hueco en el corazón a otro verdugo. Un mes más tarde -tras un aparatoso accidente de coche sin víctimas en el que él no se vio involucrado físicamente- rompió una fidelidad no sexual sino sentimental al reencontrarse con un fantasma del pasado más reciente. Año y medio después, en pleno verano de El Retiro, tras la búsqueda de césped y sombra, vomitó aquella teoría bajo sospecha allá por donde había sido divulgada al principio de su elaboración como mera excusa (para dar rienda suelta a su promiscuidad). No lo era. Encontró la refutación en un ser lunar procedente del otro lado del Atlántico, más cercano a los cuarenta que a los treinta. Su nombre compuesto delataba su status de semidios aborigen al estar formado por aquel que le descubrió el amor y aquel que le robó la virginidad (término que siempre masculló con incomodidad): J.M. Dicha creación de Platón había encontrado ya su otra mitad cinco años atrás pero aquellos besos bajo el pulmón de Madrid no tenían forma de miura sino que gritaban soledad a los calurosos cuatro vientos.

Nunca más volvió a saber de después de aquel julio-agosto de 2012...

«Maldito narrador manipulador, ¡sí supe! Intercambiamos algún que otro correo electrónico por septiembre de ese año. Me habló de las series que había visto e incluso comentamos el episodio de The Newsroom dedicado a la muerte de Saddam Hussein. Me recomendaba insaciablemente 30 Rock. Pero claro... yo ya estaba entretenido con un casi treintañero por aquel entonces»

...se le quedó en la retina aquel gel de baño fabricado artesanalmente por una amiga del susodicho -con el que se enjabonaron mutuamente tras uno de los tantos polvos-  y que en un intento por saber de su ascendencia, descubrió que no tenía padres. Quizás los mató metafóricamente. Vio incluso aquel bodrio llamado Closer para conocerle mejor. marchó a Toulouse. A enseñar español. Tras licenciarse en Periodismo. El recién desvirgado se apropió como recuerdo de un cojín azul olor-a-porro que acabó en el sofá de su madre, recostada en él mientras veía Sálvame. El-olor-a-porro fue esfumándose. Recientemente lo tiró por petición propia del hijo. Se apropió también de unos altavoces que acabaron en el felpudo del piso alquilado de unas excompañeras de universidad a las que inundó el piso. Literalmente. Y huyó. Pero si hubo un regalo de mudanza que el ladrón (de-su-virginidad) le ofreció fue El hombre duplicado de José Saramago. Andaba leyendo por aquel entonces Ensayo sobre la ceguera. Tres años después descubriría por accidente la apasionante Todos los nombres.

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Tan sólo podía pensar en Muchacha en la ventana de Dalí. Días después de visitar a Salvador en el Reina Sofía junto a M, se acercó a la Escuela Oficial de Idiomas donde había estudiado inglés durante cuatro años. Reparó en la pared del fondo de Secretaría: allí descansaba Anna Maria Dalí y Domènech.  Nunca se había fijado en ella. La última vez que respiró mar fue en las playas de Galicia el último febrero: «me apetece saborear la sal en agosto». ¿Barcelona? ¿Ferrol? ¿Brighton?

miércoles, 22 de junio de 2016

Las joyas de nuestra corona


Se avisará pertinentemente a lo largo del texto de los spoilers de Vis a vis y El Ministerio del Tiempo | Hablemos de ficción. Española para más inri. Televisiva. De aquella que rompió moldes y esquemas en 2015. De aquella que demostró que sus episodios piloto no eran flor de un día ni tampoco lo serían sus temporadas debut. Se ganaron la corona de laurel en forma de segunda temporada: El Ministerio del Tiempo y Vis A Vis. No hablo con los números de audiencia en mente pues no (se) haría justicia a dos de los productos españoles en materia de ficción más arriesgados de los últimos años. Tan solo hay que remitirse a la fatídica noticia del pasado viernes: la no renovación de VaV. Eufemismos. Sí, voy a tirar de hipérbole. Es necesario. Una sinopsis breve y escueta perjudicaría a ambas. ¿Cómo definir El Ministerio del Tiempo sin que el potencial espectador -tú- frunza el ceño, desvíe la mirada y grite a los cuatro vientos que las series españolas son un mojón? O peor, ¡que nos salga whovian! Vamos, fan fatal de Doctor Who. El Ministerio también tiene una legión de fanáticos: los "ministéricos", ¡chúpate esa, Shakespeare!

Hace más de un mes, estudiando Información en radio me topé con una definición radiofónica que encajaba a la perfección con el espíritu de la serie de Televisión Española. Decía que un programa especializado cultural debía ser una mezcla de historia, academicismo y anécdota. ¡Eso es El Ministerio del Tiempo! Súmenle un poquito de ciencia ficción (sin ella, no habría premisa ni habría serie), humor (de todo tipo), drama (a veces dramón, no quiero mirar a nadie, Amelia, ejem, Julián) y sobre todo personajes. He aquí la clave de ambas series: los personajes. Poquitos protagonistas (para ser una serie española se debe contar con repartos multitudinarios y archiconocidos. Sí, tú, La Embajada) pero exquisitamente escritos. E interpretados. Hubo actores que nunca estuvieron mejor: Hugo Silva. Otros que ya habiendo demostrado su valía, la reafirman.: Aura Garrido. Y otros que son un descubrimiento en su cambio de registro a pesar de llevar toda la vida en nuestros televisores: Nacho Fresneda. Esto además dignifica y hace necesario el papel de secundario. Secundarios que en ambas ficciones a veces han cobrado mayor protagonismo como recompensa. La serie de La 1 contó solamente con ocho episodios en su primer año y su carácter autoconclusivo (*) era un buen cartel de presentación ante su segundo asalto en 2016. 

(*) ¿Os dan pereza las "series de casos"? A mí también aunque Fringe sea la serie con la que perdí el virgo de la adicción seriéfila. El Ministerio no es una simple serie de casos. Sí, en cada capítulo la patrulla se embarca en una misión pero ahí acaba el carácter autoconclusivo. La manera de presentar los casos es siempre diferente. También de abordarlos. Por no hablar de que cada episodio abraza un género distinto dependiendo de los personajes o época involucrados.


Por su parte, Vis A Vis -la sorpresa mayúscula pues se intuía que El Ministerio iba a ser buena- demostró no sólo contar con un pilotazo -me desarmó todos y cada uno de los prejuicios- sino en el segundo episodio demostró que aquello era otra cosa. Que no era Orange is the new black sino más bien una Breaking Bad con el acelerador machacado desde el minuto cero. Una propuesta firme. La escena del garaje. La compra tirada en el asfalto. ¿Recuerdan? Matar personajes nunca sentó tan bien a una serie de televisión española. No contemos aquellas muertes producidas por el abandono de los actores. No, eso no cuenta. Vis A Vis quemó trama y más de la debida en sus primeros once episodios. Nunca hubo freno. Aviso, spoilers. Tanto que las protagonistas acabaron fuera de Cruz del Sur. Los cliffhangers siempre han sido un arma de doble filo y a veces pueden tornarse en tu contra si no los resuelves de manera "satisfactoria", es decir, no tomarle el pelo al espectador con trucos de baratillo. No lo hizo. No hubo un "6 meses después..." con flashbacks (ay, El Internado, cuántas oportunidades desperdiciaste).  Pero si hay algo que Vis A Vis hace muy bien es "mimar" a sus personajes; nunca se olvida de ellos aunque la trama reviente. Vaya que si revienta. Leopoldo (Carlos Hipólito) y Encarna (María Salgueiro), los Walter y Skyler White cañís, están muertos. Por culpa de su hija. Bueno, y de la zorra de Zulema. Fin spoilers. Una Najwa Nimri que no solo pasará a la historia del cine español por ser la musa de los 90 y 00 sino también de la televisión. 

Para más inri, ambas series se han atrevido a construir personajes femeninos homosexuales sin caer en el estereotipo de la comedia -la camionera- o el drama -la villana o la profesional frustrada que no tiene tiempo para tener vida sexual-amorosa(*). Irene Larra (Cayetana Guillén Cuervo), Susana Torres (Mar Saura), Macarena Ferreiro (Maggie Civantos), La Rizos (Berta Vázquez) y Saray (Alba Flores) son personajes no definidos por su orientación sexual -¿Macarena es bisexual?- y aunque a veces ésto se interponga en la trama -Saray obligada a casarse con un hombre-, su conflicto con su orientación sexual no es la mecha de la trama, tan sólo la de Macarena al sentirse atraída por una mujer cuando toda su vida había estado con hombres. También la homosexualidad masculina, aunque en muy segundo plano, ha sido una constante en ambas series ya sea a través de personajes secundarios o menciones. La reivindicación LGTB siempre ahí. Por no hablar de la reivindicación feminista, ya sea en un ministerio o una cárcel en el que la mujer manda, se revela contra el heteropatriarcado e incluso la violación. En las segundas temporadas de ambas series se producen violaciones o intentos de violación de un hombre a otra mujer.

(*)Vale. Sí. Susana Torres cae un poquito en el cliché. 

¿Y el tempo? ¿El ritmo? Uno de los grandes lastres de nuestra ficción es la duración. Sí, continuamos quejándonos. Setenta minutos es demasiado independientemente de la serie en España. Claro, que HBO se marca episodios de una hora y tan ricamente. Pero no podemos caer en la tentación de caer en la barata comparación. Dicen que en Italia las series duran hora y media sin anuncios. Eh, Acusados (Telecinco) tuvo episodios de análogo metraje. Sin embargo El Ministerio y VaV hacen del pormenor, una virtud. ¿Cuántas series pueden presumir de marcarse "capitulazos" de vez en cuando y siempre lograr que los episodios se pasen en un suspiro? 


Algo que también ha hermanado durante su segundo asalto a ambas ha sido concebir sus nuevas temporadas en dos mitades, marcándose así capítulos-evento. Con dispares resultados numérica y creativamente pero el arrojo es siempre una virtud. En el caso de la serie de La 1, el capítulo-evento de dos entregas presentó -en mi opinión- una de las historias menos atractivas como caso de la semana: los últimos de Filipinas. Aviso, spoilers. La vuelta de Julián (Rodolfo Sancho) no se presentaba muy a su favor después de ganarse el fervor del público un magnífico Hugo Silva. Pero de nuevo, un contratiempo (Sancho debía grabar la 1ª temporada de Mar de plástico) se convirtió en una gran baza. Pacino revolucionó el personal. Agitó la dupla romántica Amelia-Julián y se "cargó" una trama demasiado intensa: el pasado-futuro de la protagonista femenina. La vuelta de Julián animó aún más el cotarro y la interacción con personajes como Felipe V no hubiese sido la misma si hubiese estado Pacino (que a su vez no hubiese levantado las mismas pasiones Julián con el mariscal de Napoleón). El momento de Amelia preguntádose dónde estaba su tumba es el mejor exponente de ello. La presencia-ausencia de ambos personajes otorgó mayor capa de intensidad y corazón tanto a la serie como a los personajes a su alrededor. Fin spoilers.

El mayor escollo al que ha tenido que enfrentarse VaV ha sido la decisión de cortar por lo sano y finiquitar la trama BreakingBad tras siete episodios. No daba para más tampoco. Fueron listos y prepararon el terreno para la nueva gran trama del exterior relacionada con el interior. Aviso, spoilers. Desconozco si fueron los guionistas o Carlos Hipólito quien tomó la decisión de bajarse del barco pero se despidió por todo lo alto. Fin spoilersVaV fue la mejor VaV en el 2.06 y 2.07. Corría el peligro, eso sí, de caer en el síndrome-Homeland cuando en el 2.04  la serie de Showtime hizo-lo-que-hizo. Hay quienes acusan de bajón la segunda mitad de VaV, no lo comparto. Además, había que preparar el terreno para el 2.11, el mejor capítulo de la serie hasta la fecha. 


Tan sólo hay que extender el radio de miras para comprobar la repercusión, por nimia que sea, de ambas series en el panorama nacional... e internacional. Vis A Vis se ha convertido en la primera serie española en ser emitida en abierto en Inglaterra bajo el nombre de Locked Up (*) mientras NBC ha dado luz verde a una serie con odiosas comparaciones a El Ministerio llamada Timeless. No digo que el movimiento de NBC sea malo, ¡todo lo contrario! ¿Cuántas veces la ficción nacional se ha fijado en productos extranjeros? Si de Vis a Vis se dice que copió la fórmula de Orange is the new black -la premisa, algo reconocido por el propio Álex Pina-, de El Ministerio se dice que bebe de Doctor Who. Mientras un guionista parta del estereotipo y no acabe en él..., aquí lo mismo. Ambas series han tomado como base premisas de otras pero lo que han construido ha sido algo único y sobre todo con identidad española, muy española. A ver si en Orange se van a topar con mujeres cantando sevillanas. O a Zulema arrancándose por sinfonías o nanas. O a La Rizos marcándose un rap como declaración de amor. 

(*) Gran Hotel llegó a Reino Unido pero a Sky Arts. Cierto es que solo fue emitido en televisión el 1x01 de Vis A Vis, el resto de episodios están disponibles a la carta en su página web.

Vis A Vis merecía el tercer grado. Confiemos en que El Ministerio sea reelegido por otra legislatura. Por cierto, oda a Carlos Hipólito quien con menos de dos semanas de diferencias apareció en ambas series además de ser la voz en off de Cuéntame cómo paso.


Esperemos que El Ministerio no acabe como Felipe II o Vis A Vis...

lunes, 25 de abril de 2016

Relatos Cortos (XXVI)


Aviso, spoilers sobre Todo sobre mi madre y Julieta. | En Todo sobre mi madre (Almodóvar, 1999), Manuela pierde a su hijo Esteban a los 17 años. En Julieta (id, 2016), su protagonista pierde a su hija Antía a los 18. Esteban muere atropellado. Antía no. Simplemente hace las maletas y huye del hogar maternal sin notificación alguna. Julieta se entera por una tercera persona -el personaje interpretado por Nathalie Poza- que su hija no quiere volver a verla. Fin spoilers.

Yo morí para mi madre. Un 13 de enero de 2013. O un 20. La memoria patina. Recuerdo que fue un domingo. Pasada la medianoche. Me era imposible dormir. Pensé -iluso de mí- que el cambio de año me libraría del dolor de cabeza. Atisbaba el horror: iba a suspender todas las asignaturas del primer cuatrimestre del primer año de Periodismo. La carrera que quise estudiar toda mi adolescencia. La facultad con la que soñaba desde que aquella Noche en Blanco paseara beodo por la Avenida Complutense. Llegó un momento en que el dolor de cabeza se apoderó de todo el cuerpo. Aquello tenía un nombre que empezaba por A: ansiedad. ¿Y qué iba a saber yo? Llamé a mamá. Necesitaba un masaje. Como aquellos que papá me daba las mañanas de los fines de semana. Como aquellos que el tío-abuelo le pedía a papá a cambio de un duro. Papá pasaba de mí. Papá pasaba de la vida. De su mujer. De sus hijos. Su trabajo acabó pasando de él un año después. Mamá se levantó. Como cuando era niño y soñaba que ella se moría. La llamaba. En la habitación lindante, emergía un ¡¿Sí?! asustado. La vida cobraba sentido de nuevo. Nada, le tranquilizaba. Maldito sueño. ¿Por qué la mataba constantemente? Mamá decía que cuando soñabas con que alguien moría, le dabas más vida. Acabé arrebatándosela. Me inmolé con aquella confesión que se me había agarrado a los bronquios. No me gustan las chicas. Mientras mamá me masajeaba la espalda, solté uno de los dos secretos: mi homosexualidad. ¿El otro? Quería morir. Un viernes 18 de enero fui al médico de cabecera con mi padre por las cefaleas. Ninguna solución. Mi padre me dejó solo al salir del centro de salud. En el camino de vuelta a casa, mientras andaba por la acera y los coches pasaban a mi lado, fantaseaba con abrazarles drásticamente. Llegué a casa sin papá. La habitación de mi hermana, mi refugio (la habitación y mi hermana). Lloré. Mi madre me echaba la culpa de aquel dolor de cabeza. Que me lo inventaba. Que veía demasiadas series y películas. Reventé. Confesé. Me quiero morir. Mamá aún no había asimilado que yo era homosexual. No tardó en contárselo a papá. Mi hermana lo sabía desde mis dieciséis. Lo vomité la penúltima Noche en Blanco de Madrid. Hermana bajó al garaje aquel 14 de enero. Le confesé que había comido en la facultad e ido a la escuela de idiomas directamente para no ver a mamá. Hermana se había quitado un peso de encima. No tendría que mentir más. No tendría que cubrir mis escapadas a la cama de cualquier hombre. Aquel domingo mamá se llevó la desilusión de su vida. Le revelé que cuando ella creía que yo estaba en el bloque de edificios contiguos a casa con mi mejor amiga, estaba en Aranjuez compartiendo mantel y sábanas con un señor diez años mayor que yo. Se llama igual que el abuelo: Manuel. Morí para mamá. Tuvo que construir una nueva versión de su hijo. Un hijo con sexo. Un hijo que de tanto mentir y silenciar, enfermó. Mamá no me enterró. Fingió aceptación. Se llevaba las manos a la cabeza cada vez que tenía una cita con un hombre. ¿Quería castrar a su hijo o evitar que le rompieran el corazón otra vez? Mamá creía que el capricho de 28 años me inoculó el dolor de cabeza. Mamá no sabía que ella era la regadera que a lo largo de 19 años había inundado el cuerpo de su hijo con tensión. Volaron los meses. Llegó octubre. Maldito octubre. Morí para mamá otra vez. Me ingresaron en el hospital -donde nací- un miércoles 9. Prohibí las visitas de mamá. Una semana después marché de casa. Mamá se quedó sola tras un año cuidándome en la enfermedad. Mamá lloraba. Cayó más si cabe en la depresión crónica a la que se había aferrado desde la muerte de abuela, la esposa de Manuel. Mamá enterró a abuelo en 2000. Enterró a abuela en 2004. Enterró a hijo en 2013. Todo sobre mi madre era una de las películas favoritas de Manuel. El capricho. No el abuelo pastor. Mamá se parecía de joven a Marisa Paredes. Mamá vivía en su particular cosmos almodovariano teñido de melodrama. Mamá sobrevivió. Resucité. Volví a morir. Resucité. Volví a morir. Para mi estás muerto. No tengo hijo. Papá estaba en el hospital y rehusé visitarle. ¿En qué estaba yo pensando? En mí. Solamente en mi. Y en el castigo hacia ellos. Pero, ¡ay!, el peor castigo cayó sobre el hijo: la culpa. El remordimiento. Tocaba resucitar de una vez por todas. Hacer a papá y a mamá, padres otra vez. 





Contemplo hoy a mamá jugando con una niña de dos años. Aroa. Hija de Eduardo. Sobrino de Paquita. Hermana de mamá. Hija de Manuel. Aroa llama abuela a mamá. Qué tendrán los niños que amansan a esta fiera.

Confío en darle un nieto a mamá.

Le llamaré Manuel.

"Tu ausencia llena por completo mi vida, y la destruye."

domingo, 3 de abril de 2016

Relatos Cortos (XXV)


Tres otoños, tres inviernos, dos primaveras y dos veranos llovieron desde nuestra apresurada despedida al desembocar la Calle Prim en el Paseo de Recoletos un noctívago domingo de octubre. En aquella ocasión fuimos a ver El largo viaje del día hacia la noche en el Teatro Marquina. Cambiamos nuestro cine por tu teatro. El café El Espejo albergó nuestro tercer ama(r)go de acercamiento pocas semanas antes. ¿Recuerdas en tu casa contemplándonos abrazados y desnudos frente a otro espejo aquel fin de semana de noviembre de 2012? Tras un año y un café en El Espejo, visitamos a Joaquín Sorolla en la Fundación Mapfre con la infanta Elena de imprevista maestra de ceremonias. Compré un marco de fotos con forma de televisor que ninguna instantánea cobijó y un reloj de pared cuyo compás no me permitía pegar ojo. «Francis Bacon murió en Madrid donde tenía un amante» pronunciaste diez estaciones más tarde frente a su Lying Figure (Figura Tumbada) de 1962. Bacon murió tres décadas más tarde en la Clínica Ruber de Madrid rodeado de monjas. «Dos años después de nacer yo y dos antes que tú», puntualizaste tras comentar que mi hermana había nacido en el noventa y dos. Ahora sábado primaveral. Cambiamos la alevosía de la tarde-noche por la inocencia de la mañana-sobremesa. Prometiste pasar sólo media hora en el Reina Sofía tras desayunar en una terraza frente a aquel edificio diseñado -según me relatabas mientras descendíamos sus escaleras camino al Guernica- para ser un hospital. Aquellos treinta minutos mudaron en horas. Lo siento: perdí tu Annie Hall. Rompí nuestras entradas de cine. Te devolví tus fotos de carnet y aquella hoja de calendario de tu cocina fechada a 12 de noviembre de 2012 envueltas en una Cinemanía frente al escenario del Teatro Marquina. Ni siquiera recuerdas que hiciste con aquellos recuerdos: «Posiblemente los tirase a la basura». Que gracia la nuestra: siempre soy yo el que te localiza en nuestros reencuentros. El primero durante un junio de 2012 en Príncipe Pío, tú sentado en aquel coche que pocos meses después te traería quebraderos de cabeza; el segundo durante un septiembre de 2013, tú de vuelta de Inglaterra, sentado sobre el escalón de una caseta de El Retiro; el tercero durante un octubre de 2014 en El Espejo; y el cuarto, el último, el de ayer, durante un abril de 2016 en Atocha frente al Monumento en homenaje a las víctimas del 11-M. Ambos creímos lo mismo: nos daríamos plantón. Hubiera sido un plato frío por mi parte pero la nostalgia siempre aprieta. Francis Bacon murió en Madrid porque su amante era español. Cuarenta años menor que él. Pienso en el abismo con el que mis diecisiete observaban tus veintiuno. 

sábado, 5 de marzo de 2016

Reportaje especial

Social 
Usuarios, algo más
La hora punta del Centro de Día Luz Casanova es el almuerzo
Su Auxiliar de Servicios Sociales ejerce de particular guía
“Usuario: dicho de una persona. Que tiene derecho de usar una cosa ajena con cierta limitación.” - RAE
Comedor del Centro de Día Luz Casanova 
Durante una invernal mañana de febrero Laura bajó a la puerta después de que Julio, el guardia de seguridad, llamase por el walkie talkie. Un miembro del equipo tenía que bajar para saber qué ocurría. Podría ser el primer día de un nuevo usuario u otro al que se le había olvidado la tarjeta con la que acceder al Centro de Día para personas sin hogar Luz Casanova. Aquel día, la joven de 23 años era la voz al otro lado del walkie talkie. Descendió las escaleras que comunican a la calle José Marañón (Madrid) y se encontró con un amigo de la infancia. De su misma edad, de la urbanización de toda la vida, con el que siempre había jugado. Bloqueada, le preguntó “¿Qué haces aquí?”. Su respuesta, un visible bochorno. El nerviosismo se apoderó de ella, subió al despacho con el resto de sus compañeros y rompió en llanto. “¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?”, preguntaron. Explicó el pormenor a lo que en cuestión de milisegundos su compañera Arancha se ofreció: “No te preocupes, voy yo”. Bajó y se encargó del caso.

Laura continuó viéndole durante meses en el centro e intentó normalizar la situación. Interfirió lo menos posible durante su estancia. No preguntó. No se entrometió. Tenía incluso más trato y relación con otros usuarios que con él. Lo hizo por respeto. Si para ella era difícil, sabía que para él sería atroz. Sobrellevó la primera semana cada vez que le veía pero poco a poco “me fui haciendo porque te tienes que hacer”, sentencia dando carpetazo a una historia que en todo momento cuenta con suma consideración hacia el que un día fue su amigo y de la noche a la mañana se convirtió en un usuario más.

Aquel darse de bruces con el mundo como si de un pañuelo se tratase aconteció hace aproximadamente un año. La vida profesional de Laura ha dado un giro de 180 grados pues aunque continúa trabajando en dicho centro, no es gracias a las prácticas del Ciclo Formativo de Grado Superior de Integración Social que cursó entre 2013 y 2015 sino ya como remunerada Auxiliar de Servicios Sociales. Una profesión que nunca tuvo en mente durante una levantisca adolescencia. Su quimera era estudiar psicología pero la vida y las matemáticas terciaron.

El cigarro de antes y después

Arribo antes de la hora citada al portal 15B. Llega también un cartero que entrega correspondencia a Julio y un “¡Hasta mañana!”. Es la hora del pan y el agua pero los más ávidos que entraron a las 12.45h ya descienden las escaleras con el buche colmado para disfrutar del cigarrito de la sobremesa con el sol de Madrid tras la perenne lluvia de estos últimos días. Uno de los varones porta una original cajetilla metálica llena de tabaco de liar e incluso un teléfono móvil. No un smartphone. Ataviado con un chándal negro de dos piezas con rayas blancas marca Adidas, lo conjunta con un polo rosa chicle que quebranta la vista, pero el bolsillo impera, no la moda. Mientras disfruta de las caladas, una mujer de tez más bruna que la ceniza, le pregunta por la hora: la una y media de la tarde. La fémina deposita una bolsa negra y una caja de cartón apoyadas en el tronco de un árbol. Limpia en la contigua Asociación Amigos del Pueblo Latinoamericano (APLA).

Un muchacho de apariencia marroquí y adolescente se apoya a mi derecha en el coche blanco. Escupe como si intentase aumentar el diámetro del charco de enfrente. Mueve con impaciencia sus zapatillas negras marca Lacoste. Está esperando a tres mozos también marroquíes. El cigarro continúa resistiendo a pesar de no ser industrial, el viento y el frío. Prosiguen las idas y venidas de usuarios con el estómago henchido o todavía desierto. Otro caballero desciende las escaleras. No saca ningún cigarro pero espeta en alto una queja: “Cuando me duele, ya no me levanto”. La espalda le está jugando una mala pasada. El fumador de polo rosa chicle, cual medicastro, dictamina que es por el “cambio del tiempo”.  Incógnita resulta. Harto ya del casero pitillo, lo lanza todavía encendido cerca del charco. El impacto no lo apaga. Regresa al asimismo frío del interior.

La última en salir a fumar es Laura. No ha comido aún pero el cigarro previa manduca es sagrado. Consigo lleva el piti de turno, el mechero, un chicle, un bolígrafo publicitario, una agenda y una hoja arrancada de un cuaderno con las “chuletas de los horarios”, explica con la todavía normal confusión al volver al trabajo tras unas vacaciones obligadas en el paro desde que acabó las prácticas en este mismo centro hace siete meses. Ahora sabe que por lo menos cotizará a la Seguridad Social durante un año.

Botines negros, leggins formales de tono azul y una camisa a cuadros morada y blanca que esconde parte de los muslos conforman el atavío de quehacer. El único vestigio de maquillaje es la negra raya del ojo. Las acentuadas ojeras responden a la genética. Esconde sus uñas largas pues se ha olvidado de pintárselas. El cabello dejó atrás su adolescente época de loco tinte. Ahora, el innato castaño vence al negro artificial cada vez menos presente. El flequillo camufla unas largas y frondosas cejas. Un anillo, un colgante y unos pendientes son los únicos abalorios de un atuendo que no requiere consonancia.

Al centro y para dentro

El ostentoso edificio del Patronato de Enfermos que da cobijo al Centro de Día Luz Casanova es de ladrillo y piedra. Árboles de hoja caduca, acotados en las aceras, rodean el perímetro. La ostentosidad tiene un porqué: cinco plantas y una terraza que toca el cielo. 

Puede vanagloriarse de ser de los pocos que no fueron abatidos por las bombas durante la Guerra Civil. Pronto soplará el centenar de velas. El mobiliario del interior es genuino de la época y está sujeto a la ley que protege los edificios antiguos. Si cae un ladrillo o un azulejo, debe ser reemplazado por el mismo específico.

Al acceder y ascender la escalinata, la fotografía en blanco y negro de una joven Luz Rodríguez Casanova da la bienvenida. Los sentidos se apoderan de uno. El olfato combate el fuerte olor un tanto nauseabundo. La vista, en cambio, se entretiene con los espigados techos.

El hall del centro se erige como el ‘punto de acogida’. “Aquí están todos los servicios básicos. Cuando ellos [los usuarios] vienen, necesitan asearse. Tenemos crema, colonia, polvos de talco, cuchillas para que se afeiten…”, enumera Laura con tal profesionalidad que parece que lo hace diariamente. Comenta que los usuarios también pueden acceder al teléfono, al costurero y a periódicos como los ejemplares de El País y El Mundo depositados en la mesa camilla. Desde este ‘punto de acogida’ es controlado el régimen de lavandería, ropero y ducha. Una toalla por usuario es entregada.

En una de las salas contiguas del hall se encuentran Arancha y Lorena, las dos trabajadoras sociales del centro. Dentro del despacho, unas escaleras de pocos escalones conducen a la oficina del coordinador que continúa de vacaciones. Se preguntan dónde está Manu, el técnico de empleo. Le conoceré más tarde en la lavandería. Ambas terminaron la carrera de Trabajo Social durante el albor de la década 2000 y llevan nueve años en el centro. “Siempre he tenido una motivación para dedicarle a lo social, para ayudar a los demás”, manifiesta Lorena, cuya particular bata de laboratorio es un mayúsculo poncho rojo. Acorde a este Polo Norte. Arancha, en cambio, hubiera preferido estudiar Medicina pero no le dio la nota. “Muy eficiente, buena compañera y muy resolutiva” es como esta última describe a Laura como compañera de faena.

Entramos a otra de las estancias. “Aquí tienen acceso a la televisión”, indica una Laura que baja el volumen de su voz mientras los usuarios prestan atención al programa político Las mañanas de cuatro. Laura me guía hacia otro de los espacios donde hay mayor algarabía pues las personas pueden conversar. Hay varios hombres sacando fichas de dominó. En un rincón hay juegos de mesa como parchís, ajedrez y damas.

“Hago un inciso”, se interrumpe así misma para explicar que ambos espacios son multifunción y “sirven para hacer las actividades del Centro de Día” como por ejemplo las manualidades o las asambleas. Al otro extremo de la estancia bulliciosa se encuentra el baño verde. Al baño rojo se accede desde el hall, frente al despacho de las trabajadoras sociales y el coordinador. Las duchas permanecen abiertas desde las once de la mañana hasta las dos de la tarde. Cada día, lo usuarios disfrutan de sus quince o veinte minutos de gloria: agua caliente y jabón.

El corazón del centro

Un pasillo conduce al comedor. La hora del sustento es de 12.45 a 13.45. Los usuarios se acomodan en las sillas de los dos anteriores espacios, guardan el turno y pasan en tandas de cinco. “Cinco de una sala, cinco de otra. Se espera. Cinco de una sala, cinco de otra”, enumera de nuevo Laura en su afán como estricta guía. El pasillo está empapelado por unos folclóricos azulejos con mosaicos de tono azul, verde y amarillo que ocupan un tercio de la pared. También hay cabida para una cartulina de tonalidades similares. ¿Su nomenclatura? “El papel de los cumpleaños”. ¿Su fin? Celebrar los cumpleaños de los usuarios el último sábado de cada mes. Se invita a café y bollos. “No es una celebración como tal pero es algo más especial para que se sientan un poco bien ese día”, desvela esta particular guía.

Persisten los últimos rezagados en el comedor. Puri, una de las apostólicas, se desplaza rápidamente con menuda complexión, en su afán amparador “en lo que uno puede”. Vive en la planta de arriba con el resto de religiosas. Cada día tres voluntarias ayudan a servir la comida y trasladarla desde el elevador -la cocina está en la planta de abajo- hasta el mostrador del comedor cuya máxima capacidad es de 150 personas. “El año pasado hubo una época en la que entraban 160 pero no es lo habitual”, recuerda Laura. Lo común suele ser 110-130 personas. El sonido ambiente es el de vajilla en movimiento. Un patio interior con vegetación, balcones y furgonetas completa las vistas. 

El menú de aquel martes fue lentejas con o sin arroz, albóndigas con una cucharadita de ensalada o de macarrones a la carbonara y de postre: dos manzanas, yogur y galletas María. Bon appétit y amén.