Comencé en ésto de blogger con 16 años pero no le di vidilla al blog hasta los 18 tras empezar la universidad. En un principio sólo hubo cabida para series pero luego expandí la temática a todo aquello que tuviera un mínimo de guión/ficción; ¡hasta la propia vida, señoras! Bienvenidas.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Extraño amor


Sin spoilers | No me gustó Keep the lights on (Ira Sachs, 2012), aquí mi reseña allá por febrero de 2013. Intuyo el porqué. Los porqués. ¿El primero? En aquellos momentos -abandonar la universidad temporalmente, tener que cerrar una historia de ¿amor? que me hizo más mal que bien- necesitaba ficción light, comedias tontorronas o happy places como el que encontré en Antes del atardecer (Richard Linklater, 2004). Me reconfortó, sin embargo, la recta final de la primera temporada de la dolorosa serie de televisión In treatment; encontré una palmadita en la espalda por parte de una ficción que trataba algo nuevo en mi recién descubierta vida adulta: el sillón de un psicólogo. Keep the lights on no fue un buen menú: una descorazonadora historia de amor entre dos hombres. Más que entristecerme, me aburrió. Meses antes me atreví con Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) con opuesto resultado: me entristeció muchísimo.

¿El segundo porqué? La sombra de Weekend (Andrew Haigh, 2011), una película que, como las dos citadas anteriormente, aborda el romance entre dos hombres homosexuales y que no sólo encapsula a la perfección la fugacidad del mismo -un fin de semana-  sino que retrata con honestidad una generación y una minoría social. He aquí mi reticencia hacia el cine de Sachs cuando, sin embargo, tiene en su currículum dos laureadas obras cinematográficas. Sus dos últimas para más inri:  Love is Strange / El amor es extraño (id, 2014) y Little Men (id, 2016), traducida al español como Verano en Brooklyn (¡méh!)y cuyo estreno en nuestro país será el próximo 21 de octubre. Hace unos días me atreví con Love is Strange. No es usual que un largometraje esté protagonizado por dos hombres homosexuales y menos en la sesentena/setentena. Siempre tengo en mente el caso español de 80 egunean / En 80 días (José María Goenaga & Jon Garaño, 2010) con dos mujeres de avanzada edad y homosexuales. 

Pero Love is Strange no sólo habla de la relación sentimental de casi 40 años entre dos hombres -y las consecuencias de su boda tras la legalización del matrimonio homosexual- sino que abarca múltiples temas con la convivencia y el amor como epicentro: el de toda una vida, el de una unidad familiar, el adolescente. Nunca imaginé a John Lithgow y Alfred Molina tener tanta química en pantalla. Marisa Tomei es la roba-escenas. Aviso, spoilersEl guion no da puntada sin hilo hasta cuando la casualidad emerge: el ángel británico camino a México con un chollo de apartamento. Dicha casualidad sirve después para prender la mecha de una conversación sobre la fidelidad y descubrir un poquito más del pasado de la pareja protagonista. Entiendo la postura del espectador estafado con la elipsis temporal durante los últimos compases de la película e incluso ese final al más puro estilo Boyhood (Richard Linklater, 2014). 

En mi opinión, la elipsis sirve para dotar de mayor significado el que, se intuye, es el último encuentro del matrimonio. Un matrimonio que por determinadas circunstancias se ve obligado a vivir sus últimos días como novios adolescentes con sus pros y sus contras. ¿Y el final? Coherente tanto con el título de la película como lo expuesto a lo largo de la misma: sabia nueva a punto de conocer el amor. Fin spoilers | Hay un diálogo sobre una pieza musical entre el matrimonio y particularmente una frase que resume Love is Strange: "Bueno... cuando la pieza es tan romántica, no hay necesidad de adornarla". Postura que coincide con la del torturado personaje de Isabelle Huppert en La pianista (Michael Haneke, 2001): "La música no es puramente descriptiva. Y no está remojada en indiferencia y sentimentalismo".  En Love is Strange también hay un pianista (Alfred Molina) y la banda sonora está repleta de partituras para piano.

martes, 20 de septiembre de 2016

Días de podcast

Días de radio (Woody Allen, 1987)
Sin spoilers | Leo sobre el fenómeno podcast en Papel. En Estados Unidos, no en España. El artículo comienza con la referencia obligatoria: Serial, el hit radiofónico de finales del año 2014 que nadie esperaba. Hubo críticos de televisión que incluso incluyeron dicho podcast en las listas de las mejores series del año. ¡Series! Cierto es que se trataba de un género -el true crime(*)- a punto de estallar en televisión. Poco más tarde vendrían The Jinx (HBO), Making a Murderer (Netflix) y The People v. O. J. Simpson: American Crime Story (FX). Hasta la llegada de Serial, mi único coqueteo con tal formato radiofónico fue Yo disparé a J.R., dedicado al mundo de las series de televisión y co-creación de los blogueros Pere Solà de Crítico en Serie y Marina Such de El diario de Mr MacGuffinNo lo escucho pero qué menos que nombrar La sexta nominadapodcast dedicado al séptimo arte y en concreto a la carrera de los Premios Oscar.

(*)Género literario/cinematográfico/televisivo de no ficción en el que el autor examina un crimen real y los detalles de las acciones de personas reales. La "novela" A sangre fría de Truman Capote es una de las pioneras.

La primera temporada de Serial es de escucha obligatoria ya no sólo por lo entretenida que es -llegué a dudar en un principio si se trataba de un falso documental- sino por las repercusiones mediáticas y especialmente judiciales que tuvo y sigue teniendo dos años después. Un verdadero boom. De tal expansión que incluso fue material de especulación la relación entre su periodista Sarah Koenig y el (otro) protagonista de la historia: Adnan  Syed. Una de las tantas virtudes del debut de Serial fue la "estrecha" relación entre entrevistadora y entrevistado, algo que The Jinx también perpetuó y utilizó como gancho en su sexta y última entrega con un giro de guion -más propio del cine- que desencaja la mandíbula. Las dudas de Sarah Koenig sobre el testimonio del entrevistado, aunque a veces torearan la ética profesional, era uno de los tantos elementos que enganchaban de mala manera.

Dicha conexión entre entrevistador y entrevistado también la encontré más tarde en otros dos programas de radio en el polo opuesto del true crime. Sus nombres son Death, Sex & Money y Fresh Air, presentados por Anna Sale y Terry Gross respectivamente. Se podría afirmar que el primero es deudor del segundo. La baza de ambos podcasts es la entrevista, la conversación. Con personas famosas y anónimas. Tan sencillo como eso. También es cierto que Anna Sale se "desnuda" mucho más ante sus oyentes que Terry Gross, dedicando incluso un episodio a su ahora marido y padre de su primera hija. Un pasaje anecdótico -y romántico- debido a la presencia de un senador de Estados Unidos. Gracias a ella, acabó haciéndose pública la relación sentimental entre Sarah Paulson y Holland Taylor tras entrevistar a esta última. Taylor habló de su nueva pareja sin revelar su nombre pero los medios ataron cabos y Paulson acabó confirmándolo.

Holland Taylor no es la única actriz de renombre que ha pasado por los micrófonos de Death, Sex & Money, también Jane Fonda y Ellen Burstyn, ambas en dos series de Netflix: Grace & Frankie y House of Cards respectivamente. ¿Más nombres de la televisión y el cine? Danielle Brooks y Diane Guerrero (ambas en Orange is the new black), Tituss Burgess (Unbreakable Kimmy Schmidt), Jeff Daniels, John Cameron Mitchell (en cuya entrevista habla sobre su paso por Girls), Ken Jeong (Community), Margaret Cho o Desiree Akhavan entre otras figuras como comediantes, guionistas y cantantes. Durante las entrevistas, todos ellos hablan de sus temas personales de una manera totalmente alejada del peor periodismo rosa. 

Pero también hay espacio para testimonios anónimos que sirven de vehículo para abordar temas como las enfermedades mentales, el autismo, la muerte de un hijo o una pareja, el vivir solo, las experiencias cercanas a la muerte, la ausencia de sexo, la infidelidad, la relación entre los hermanos; la vida de una trabajadora sexual, la de los habitantes de Nueva Orleans diez años después del huracán Katrina o la de un director de una funeraria. Mientras que Fresh Air incide más en el aspecto profesional del entrevistado, Death, Sex & Money va más allá. Un ejemplo: Terry Gross entrevistó en agosto a Meryl Streep por Florence Foster Jenkins (Stephen Frears, 2016). Casi toda la entrevista está enfocada a la profesión de Streep, a la película pertinente y a su relación con los musicales; cierto es que Streep comenta su adolescencia pero siempre a colación de sus dotes vocales. Gross salió a la palestra la semana pasada por una inoportuna pregunta a la medallista olímpica Abby Wambach sobre su orientación sexual. [Actualización viernes 23 de septiembre] Esta semana Gross ha sido también noticia pero por algo muy distinto y más positivo: su condecoración por parte de Barack Obama con la National Humanities Medal. La locutora lleva en Fresh Air desde ni más ni menos que 1975. Lo más "gracioso" del tema es que este año también ha sido condecorado un español: el chef José Andrés.

Debido a esta oleada de podcasts desde el otro lado del charco, Prisa Radio (La Ser, Los 40 Principales) se ha apuntado a la moda con Podium Podcast. Una moda que en nuestro país -según el reportaje de Papel- no cuaja. Llegados a este punto, podríamos afirmar que en España tenemos nuestro propio Serial. ¿Su nombre? Le llamaban padre  a cargo del periodista Carles Porta. Un podcast de siete entregas de 20 minutos de duración cada una que gira en torno a un tema demasiado espinoso como para -en un principio- entretener. Lo hace a pesar de todo y en su último episodio, hay una declaración muy reveladora: la de una persona que se siente culpable por todo lo ocurrido -un crimen que se extiende a lo largo de más de una década- a pesar de que el principal culpable haya sido condenado.

Le llamaban padre parece por momentos la versión radiofónica y en fascículos de Equipo de investigación (laSexta) con sus zooms incluídos. Sin embargo, obviando algún que otro recurso instrumental (*), el programa resulta entretenido si uno tiene estómago suficiente. Todos los testimonios tienen algo qué contar y dan forma a una historia que nunca abraza el sensacionalismo. Como bien dice Carles Porta en la despedida, él deja que cada espectador saque sus propias conclusiones. Él no juzga como sí hace por ejemplo Sarah Koening en la primera temporada de Serial. Lo de su segunda temporada es ya otro cantar...

(*) En vez del zoom de la imagen, aquí se emplea la repetición de un dato importante de manera "distorsionada". A veces este dato ha sido ofrecido en anteriores entregas.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Cuestión de percepción

Una de las escenas más emotivas de Flebag
Sin spoilers | Getting On y One Mississippi no son las únicas series que he podido disfrutar este verano, también he catado Doctor Foster y Fleabag, ambas protagonizadas por una mujer, ambas británicas y ambas de la BBC para más inri. Pero no pueden ser más distintas entre sí. Doctor Foster fue emitida en BBC One en 2015 mientras que Fleabag en BBC Three vía online. Normal teniendo en cuenta ya no sólo la temática sino el target, es decir, el público objetivo al que va destinado principalmente. 

La protagonista de Doctor Foster es Gemma Foster (Suranne Jones), médico de familia en un pueblo -algo fundamental para explicar la dimensión del secreto y sus ramificaciones-, casada y con un hijo. La mecha es un pelo rubio en la bufanda de su marido (Bertie Carvel) que le presta. Más allá de hasta dónde llega la obsesión de Gemma por ese pelo, es interesante ver cómo la percepción de la protagonista de sí misma no casa con la del resto de los personajes satélite, incluso la de su propia familia. En un momento dado a lo largo de los cinco episodios de la serie, un personaje le suelta a la protagonista que nunca había visto en ella lo "salvaje" -feral es la palabra utilizada- que se suponía que era según la descripción del marido. Gemma no es la misma persona durante los primeros compases del primer episodio que en último y no porque la revelación en torno a la cual gira la serie le haya cambado -que también- sino porque en cierto modo sale a la superficie una personalidad de la que ella no es del todo consciente. 

Sin embargo, si hay algo que Doctor Foster hace muy bien es no posicionarse: ¿quién es la víctima y quién el verdugo? ¿Quién es el/la villano/a de la función? Gemma nunca llega a caer mal (*) y el guion está diseñado para que el espectador "disfrute" con las perversidades que se le ocurren a medida que la bola de nieve se va haciendo más y más grande hasta llegar a un capítulo final donde, sí, hay sangre. Y dónde uno acaba estremeciéndose por el polémico desenlace de la historia (**). Doctor Foster podría ser nuestra Gran Reserva patria.  Un culebrón bien hecho -sin necesidad de ambientarlo en otra época-, de factura técnica impecable e interpretaciones que hacen creíble todo lo narrado. Por ahí está Jodie Comer, personaje clave donde los haya, quien también ha protagonizado Thirteen este año en BBC Three y fue una roba-escenas durante las tres temporadas de My Mad Fat Diary como mejor amiga de la protagonista. 

(*) ¡¡Spoiler!!: en el cuarto episodio se pasa de la raya al afirmar que la infidelidad de su marido es peor trago que la muerte del marido de su excompañero de trabajo.
(**) ¡¡Spoiler!!: En torno a la violencia de género. La protagonista hace creer a su marido que ha matado al hijo de ambos para luego demostrarle que no ha sido así; la reacción del marido es golpearla contra el cristal de una ventana.

De Fleabag, sin embargo, no tenemos ninguna ficción española con la que compararla. Sí estadounidense aunque la comparación sea odiosa (como su protagonista): Girls. Seis episodios de menos de media hora de duración sobre la vida de una mujer que básicamente está perdida. Una hermana, un padre, una madrastra y dos cadáveres a las espaldas que explican el porqué de todo lo que cuenta esta dramedia. Una serie narrada exclusivamente desde la percepción de su protagonista -Phoebe Waller-Bridge es la creadora, guionista y protagonista- que incluso rompe la cuarta pared. Es por ello que nos ponemos de su lado. Es una historia narrada desde su egocéntrico punto de vista. Un descenso a los infiernos de su protagonista con muchísima mala baba y un humor negro que en ocasiones escuece. 

Flebag hace comedia de un material inflamable, digno de un dramón. Aquí aplaudimos cuando ella, harta de los desaires de su madrastra, tira la bandeja en plena galería de arte. Pero también nos reímos con el gag de la menstruación en el metro. Al final del cuarto episodio, la protagonista le cuenta a un personaje clave: "I just want to cry... all the time" / "Tan sólo quiero llorar... todo el rato". Después de gags sobre consoladores y hombres gritando "Sluts!" a muñecas de plástico, emerge un momento de brutal honestidad. Fleabag es un manual de instrucciones del "entre broma y broma, la verdad asoma". 

[Doctor Foster sí fue renovada por una segunda temporada. Fleabag aún no, acaba de ser estrenada en Amazon en Estados Unidos]

El clímax de Doctor Foster durante el quinto y último capítulo es pura tensión

viernes, 16 de septiembre de 2016

Cáncer, humor negro y (no)ficción

Momento en el que Other People me ganó con referencia al 5x10 de Six Feet Under
Sin spoilers | Other People (Chris Kelly, 2016) podría catalogarse como otra-dramedia-indie-sobre-cáncer. Y con toda la razón del mundo. Hace justo un año recomendaría la también dramedia-indie-sobre-cáncer Me & Earl and The Dying Girl (Alfonso Gómez-Rejón, 2015), traducida en España como Yo, él y Raquel. Sí, el enésimo caso de pérdida en la traducción. Ambas tienen algo en común: Molly Shannon. Bueno, y personalidad propia. Saltan del drama a la comedia más que dignamente y se permiten incluso el lujo de la meta-referencia. La dupla masculina protagonista de Me & Earl and The Dying Girl es amante de los clásicos cinematográficos y se dedica a reconvertirlos a su manera (¿Brew Vervet?); el co-protagonista de Other People -Jesse Plemons- es guionista de Saturday Night Live y se dedica a escribir guiones de pilotos que no acaban de convencer a las cadenas de televisión. Sobra decir que el personaje de Jesse Plemons es el álter ego de su director, Chris Kelly, cuyo guion es autobiográfico.

Cierto es que Me & Earl and The Dying Girl encaja más en el género coming of age (*) de corte independiente como Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012) o The Diary of a Teenage Girl (Marielle Heller, 2015) mientras que Other People emparenta mejor con 50/50 (Jonathan Levine, 2011) Si en Me & Earl and The Dying Girl, Molly Shannon interpreta a la madre -dada al alcohol- de la protagonista con cáncer, en Other People da vida a una madre con cáncer. Plemons (**) es su hijo cerca de la treintena y... homosexual, algo que influye y mucho en la narración. ¿Puede existir algo más mono y "achuchable" que Jesse Plemons con pluma? Sólo hay una escena de sexo y aún así es de aplaudir que salga con el torso desnudo.

(*) Las imprescindibles y españolas El Sur (Víctor Erice, 1983) y Cría cuervos... (Carlos Saura, 1975) podrían enmarcarse dentro de tal género.
(**)A lo tonto ha desfilado por tres de las grandes series del siglo XXI: Friday Night LightsBreaking Bad y Fargo.

¿Recordáis la serie The Big C protagonizada por Laura Linney? Un intento más bien fallido de Showtime de hablar sobre el cáncer desde el humor negro pero sin negarse a la lágrima fácil (*). Ambas películas lo hacen con éxito y sus intérpretes están francamente bien, por no decir que en algunos casos estamos ante una de sus mejores interpretaciones como es el caso de Molly Shannon, quien en otras circunstancias ya estaría siendo tema de conversación por su carrera al Oscar. Otra serie, recién salida de ese horno llamado Amazon, que también habla del cáncer -ya superado- es One Mississippi, co-creada por Diablo Cody (creadora de la marciana United States of Tara) y Tig Notaro, quien además la protagoniza. Al igual que Other People, One Mississippi es en cierto modo autobiográfica al seleccionar pasajes de la vida de Notaro: su cáncer de mama, una doble mastectomía, la muerte de su madre y un serio problema digestivo. Sólo hay que esperar unos minutos para darse cuenta del tono de la serie cuando el hermano de la protagonista -al ir a recogerla al aeropuerto- le suelta un "Oh, my God, you look like shit" / "Oh, Dios mío, estás hecha una mierda". Y al igual que con el personaje de Anjelica Huston en Transparent, One Mississippi se atreve a enseñar las cicatrices de la doble mastectomía en una escena de sexo. Lésbica para más inri. Seis episodios muy recomendables. Y un personaje secundario sorpresa: Bill, el padrastro de Tig.

(*)Bueno, démosle crédito a sus dos primeras temporadas al menos. La tercera es un despropósito y el personaje del marido tocó fondo con su egocentrismo junto al de Susan Sarandon. ¿Quién la convenció para semejante arco argumental?

Bill es el personaje estrella de One Mississippi como padrastro de Tig

jueves, 15 de septiembre de 2016

'Getting On', la enésima joya escondida de HBO

El cuarteto protagonista de Getting On
Sin spoilers | Hasta 2018 HBO "vivirá" de Juego de Tronos y así lo ha estado haciendo desde su estreno hace ya cinco años. Hubo una época que vivió de Los Soprano entre 1999 y 2007 si bien es cierto que no se hizo con el Emmy a Mejor Serie Dramática hasta 2004 en su ya quinta temporada. También vivió de Sexo en Nueva York. Boardwalk Empire fue un intento -a medio gas- de hacer ruido crítico y mediático. Aun así, se ganó 5 temporadas y 56 episodios entre 2010 y 2014. Sin embargo, al final ha sido el género de la fantasía y una adaptación literaria los artífices de que la mayoría de las veces que el nombre de la cadena sea mencionado en el presente, sea gracias a Juego de Tronos. En octubre llegará la ansiada Westworld con Jonathan Nolan (creador de Person of Interest) como co-creador de esta también adaptación literaria. A todas luces parece ser el parche cuando el invierno de Juego de Tronos se apague. Esta vez será la ciencia ficción y el western el pretexto/contexto en vez de la fantasía medieval.

Pero HBO es algo más que grandes producciones. Ahí está por ejemplo ese experimento delicioso -pero muy doloroso- llamado In treatment, una serie que HBO emitió diariamente como exigía el formato: un psicólogo (Gabriel Byrne) atiende a un paciente cada día de la semana hasta que el viernes es a él a quien le toca visitar a su psicóloga (Diane West). También está Enlightened, un regalo a/de Mike White que duró tan sólo dos temporadas pero permitió brillar con luz propia a Laura Dern. Un mágico relato sobre cómo es posible cambiar el mundo que cuenta con una protagonista al principio muy insoportable. ¿Y Hung? De ésta si que no se acuerda nadie, ni el más seriéfilo. Una serie sobre un prostituto cuyo ataque más flagrante fue no mostrar el pene del protagonista. Acabó haciéndolo en su tercera y última temporada en la cual salió Stephen Amell -el protagonista de Arrow- demostrado sus pocas dotes interpretativas. Hacía de gigoló. Cierto es que fue una serie más propia de Showtime -al estilo de Weeds, United States of Tara o The Big C- pero cuenta con una coprotagonista -antiheroína total- llamada Tanya Skagle, la proxeneta del protagonista. Así es, invirtiendo los roles de género.

Niecy Nash, Laurie Metcalf y Alex Borstein de izquierda a derecha
Hay series pequeñas que sí hacen ruido aunque sea en el círculo de la crítica televisiva o algún que otro nicho de las redes sociales o la blogosfera como The leftovers o Girls. Ambas con un target muy, muy minoritario. Hay otras ficciones que ni eso, como ocurre con Getting On. Tres temporadas. 18 episodios. Remake de la serie homónima británica y casi ni pío sobre una serie excepcional. En mi caso, ya con la tentación de verla desde su estreno, el último empujón fue la triple nominación de Laurie Metcalf en los Premios Emmy 2016 por The Big Bang Theory, Horace and Pete y la susodicha Getting On. En la primera y segunda como Mejor Actriz Invitada de Comedia y Drama respectivamente y en la tercera como Mejor Actriz Protagonista de Drama. ¿De qué va exactamente Getting On? Está ambientada en un geriátrico de un hospital en el que las pacientes son exclusivamente mujeres. Podría decirse que sus protagonistas son también tres mujeres: Jenna James (Laurie Metcalf), Dawn Forchette (Alex Borstein) y Didi Ortley (Niecy Nash, Scream Queens). Tambien está Patsy De La Serda (Mel Rodríguez), cuya orientación sexual está muy bien llevada y resuelta. La calidad interpretativa del cuarteto es indudable.

Cada episodio cuenta cómo estos cuatro profesionales de la sanidad -cada uno en su "jerarquía"- equilibra su vida profesional y laboral. Llamar estrictamente comedia a Getting On sería un flaco favor aunque provoque carcajadas de echar y no mear gota con un humor a veces muy negro y otras, bastante basto. Eso sí, es excelente también dramáticamente al tratar con personajes ancianos y por consiguiente la muerte en cada episodio. Getting On nunca abandona el formato sitcom -rara vez se ambienta fuera del geriátrico y si lo hace es en sus alrededores- y dura menos de media hora. Y como buena "sitcom" que se precie, también cuenta con sus estrellas invitadas particulares. Molly Shannon (*), la omnipresente June Squibb, Frances Conroy, Rita Moreno, Carrie Preston, Rhea Perlman y un largo etcétera. Si os atrevéis con la recomendación seriéfila, Terry  Gross entrevistó en su programa radiofónico Fresh Air a sus creadores, Mark V. Olsen y Will Scheffer, también creadores de la serie de televisión de HBO Big Love. En la entrevista, la pareja -profesional y sentimental- habla sobre cómo se les ocurrió hacer un remake de la serie homóloga británica, el privilegio de rodar con actrices veteranas como Ann  Morgan Guilbert -Millie en El show de Dick Van Dyke- o incluso una entrañable anécdota sobre el compositor Billy Barnes, cuyo nombre es también el de la unidad de cuidados continuos.

(*) Quien casualmente participó en la segunda temporada de Enlightened como interés romántico del personaje interpretado por Mike White. Una de sus últimas películas es Other People (Chris Kelly, 2016) junto a Jesse Plemons (Friday Night LightsBreaking Bad) como madre con cáncer e hijo homosexual respectivamente. Casualidad o no, en 2015 interpretó a la madre de una adolescente con cáncer en Me & Earl & the Dying Girl / Yó, él y Raquel (Alfonso Gómez-Rejón, id). Molly Shannon, además, aparecerá en la nueva serie de HBO Divorce, el regreso de Sarah Jessica Parker a la cadena tras Sexo en Nueva York.

Molly Shannon aparece en varios episodios de la primera temporada de Getting On

jueves, 1 de septiembre de 2016

Relatos Cortos (XXVIII)

Me viene un viernes a la memoria. Estar tirado en el sofá alrededor de las diez de la noche viendo El comisario. Hubo una época -cuando ella vivió con nosotros durante seis meses- en la que papá, la prima y yo veíamos aquella ficción policíaca. No recuerdo donde andaba papá pero evoco a la prima pródiga dar las buenas noches y subir a la buhardilla a descansar. Había vuelto por una noche. Entonces me recorría una sensación de confort. Lloré el Mediterráneo cuando tuve que despedirme de aquella inesperada aliada siete años mayor que yo. Seis años más tarde, sumido en un resfriado del ánimo, me espetó mientras yo lloraba: yo sé lo que a ti te pasa. Ella ya conocía mis secretos. Aquella noche me dolían todos los huesos y desconocía el porqué. Lo achaqué al cargar con una maleta todo el día.

Lo mismo le ocurría a Don Alfonso; parco en palabras era con sus familiares cuando, cada domingo, desfilaban por su despacho -envuelto en humo- para darle las buenas tardes. El pertinente jornal a cada nieto nunca falló. Hasta que un servidor empezó a mentirle sobre su verdadera ocupación para privarle del gusto. La familia se reunía en aquel chalet que el mismo construyó mientras el ya jubilado veía los mismos spaghetti western tarde tras tarde. No hablaban prácticamente. Tan sólo volvían a compartir techo y paredes cuando tocaba también compartir mantel a las ocho. Pero él sentía el confort de tenerlos allí reunidos. Escuchar jaleo. Con el paso de los años, la prima pródiga dejó de pernoctar en la última planta y la familia dejó de reunirse los domingos a excepción de algún que otro rezagado que insistía en mantener la tradición dominical.

Hoy entiendo a mi madre cuando me pide que me quede unos días más en casa. Tú no te vas hasta el domingo. No hablamos de casi nada y mejor hacerlo de banalidades cuando se requiere una mínima conversación entre plato y plato. Ella en su salón de estar viendo Sálvame. Yo en mi antigua habitación -ahora exilio de mi padre- viendo Siete mesas de billas francés. No cierro la puerta. Intuyo que ella respira mejor al saber que estoy al otro lado de la casa. El confort de tener a su retoño de veintidós años de vuelta por unos días, dibujando una falsa realidad. Una en la que nunca cambió de código postal para mejor estado del ánimo. Una tranquilidad pasajera. El confort.

lunes, 29 de agosto de 2016

El dolor más antiguo


Ayer vi La soledad (Jaime Rosales, 2007) y no logro despegármela de la cabeza. Ganó el Goya a Mejor Película y me aventuro a imaginar espectadores españoles yendo al cine a verla tras recibir dicho reconocimiento y sentirse "estafados". Esperarían "otra cosa". La tacharían de "aburrida". Dirían que "no pasa nada en dos horas". Tumbó en la competición a El orfanato (Juan Antonio Bayona) , Las 13 rosas (Emilio Martínez-Lázaro) y Siete mesas de billar francés (Gracia Querejeta). Entiendo a aquellos que bostezaran o se durmieran viendo la "mejor película española" de aquella cosecha. Sin embargo, La soledad es una proeza que roza el género documental, que sin pomposidades, muestra cómo la muerte impacta en la rutina de seres humanos normales y corrientes.

From here to the end, spoilers | La muerte de un hijo de 13 meses. La muerte de una madre de tres mujeres ya adultas. Sonia Almarcha -recientemente en Vis a vis como la jueza Lidia Osborne (*)- y Petra Martínez están espléndidas, se sienten de carne y hueso. Hoy, leyendo Paula (Isabel Allende, 1994), me topo con este fragmento: "Y entonces pensé que desde siglos inmemoriales las mujeres han perdido hijos, es el dolor más antiguo e inevitable de la humanidad. No soy la única, casi todas las madres pasan por esta prueba, se les rompe el corazón, pero siguen viviendo porque deben proteger y amar a los que quedan. Sólo un grupo de mujeres privilegiadas en épocas muy recientes y en países avanzados donde la salud está al alcance de quienes pueden pagarla, confía en que todos sus hijos llegarán a la edad adulta. La muerte siempre está acechando".

(*) En Vis a vis, el personaje de Almarcha también pierde a su hija. Algo que sin embargo tan sólo sirve para quemar trama y motivar aún más la sed de venganza de los Ferreiro.


Inmediatamente recuerdo una conversación entre Nate y Brenda en el noveno episodio de la primera temporada de A dos metros bajo tierra. Ella dice: “¿Sabes qué encuentro interesante? Si pierdes a tu cónyuge te llaman viuda o viudo, si eres un niño y pierdes a tus padres, entonces eres un huérfano. ¿Pero qué termino se utiliza para describir al progenitor que pierde a un hijo? Supongo que es demasiado horrible para tener un nombre.” No es la primera película de Rosales que veo, ya escribí hace dos años sobre Hermosa juventud (id, 2014). Si en su último largometraje, las consecuencias de la crisis económica es el quid del relato, lo es también en La soledad aunque más tímidamente; con el éxodo rural personificado en el personaje de Adela (Sonia Almarcha) y la burbuja económica a punto de estallar mientras la hija mayor del personaje de Antonia (Petra Martínez) sueña con una hipoteca en la playa a costa de su madre.

Lo que uno menos espera es que el terrorismo suponga el punto de inflexión -sobre todo cuando uno de los personajes padece cáncer- de una historia con la que inevitablemente todos nos identificamos en mayor o menor medida. Pero si hay algo que deja huella tras ver el largometraje es la culpa que quema al personaje de Adela. Incluso su marido se culpa así mismo y especialmente a ella por el fatídico destino de su retoño. Algunos tacharían de "gratuita" la escena de Almarcha completamente desnuda (*), secándose, tras salir de la bañera. Sin embargo, el ver como se seca prudentemente las cicatrices tras la tragedia anida en la retina del espectador. Hay una herida que nunca cicatrizará. Tras la muerte del infante, nadie se atreve a verbalizarlo hasta que Adela comenta a su padre que una vecina del pueblo le ha dado el pésame. La elipsis es una declaración de intenciones (**).

(*) No es el único desnudo de un personaje femenino. También protagoniza otro Nuria Mencía (Nieves) al ser ingresado su personaje en el hospital. La soledad cuenta con mayor presencia femenina aunque existen cuatro personajes masculinos -secundarios- relevantes: el padre y el compañero de piso de Adela, así como la pareja y el yerno de Antonia.
(**) Sucede lo mismo con la muerte de Antonia mientras hace la cama. Tras verla agonizar, lo próximo que presenciamos es la reunión familiar en el salón del disputado piso para repartirse los bienes.

El reencuentro de los progenitores -después de que ella ignore las llamadas del exmarido- me recordó a otras películas que abordan semejante material inflamable, como las dolorosas pero excelentes Rabbit hole (John Cameron Mitchell, 2010) (*), Tres colores: azul ( Krzysztof Kieslowski, 1993) y La desaparición de Eleanor Rigby (Ned Benson, 2013). No la recuerdo dolorosa pero sí excelente a Todo sobre mi madre (Pedro Almodóvar, 1999). Julio Medem también habla de ello en Lucía y el sexo (id, 2001) así como Habitación en Roma (id, 2010). La serie de televisión The Affair también se atrevió durante su debut al presentar a la coprotagonista, Alison (Ruth Wilson), como una madre cuyo pequeño hijo ha muerto.

(*) En España fue traducida como Los secretos del corazón, un lost in translation total. ¡Spoilers! El título original hace referencia a la afición por un cómic de ciencia ficción del responsable de la muerte del hijo. El matrimonio está formado por Nicole Kidman y Aaron Eckhart. Escribí sobre ella en el blog.

lunes, 8 de agosto de 2016

El arte de encapsular el tiempo


«A veces ocurre que estamos solos y absortos en un juego, y de repente, se alzan en la casa esas voces coléricas; seguimos jugando mecánicamente, metiendo piedras y hierbas en un montoncito de tierra para hacer una montaña. Pero, mientras tanto, ya no nos importa nada esa montaña, sentimos que no podremos ser felices hasta que la paz no vuelva a la casa. Oímos portazos y nos sobresaltamos; vuelan palabras rabiosas de un cuarto al otro, palabras incomprensibles para nosotros, no intentamos entenderlas ni descubrir las oscuras razones que las han dictado, confusamente pensamos que debe de tratarse de razones horribles, todo el absurdo misterio de los adultos pesa sobre nosotros. [...] Muchas veces está con nosotros un amigo que ha venido a jugar, hacemos con él una montaña, y un portazo nos dice que se ha acabado la paz. Muertos de vergüenza, fingimos estar muy interesados en la montaña, nos esforzamos por distraer la atención de nuestro amigo de esas voces salvajes que resuenan por la casa; [...] Tenemos la absoluta certeza de que en casa de nuestro amigo nunca hay discusiones, nunca se gritan palabras salvajes; en casa de nuestro amigo todos son educados y tranquilos, las discusiones son una vergüenza especial de nuestra casa. Después, un buen día, descubriremos con gran alivio que en casa de nuestro amigo también se discute como en nuestra casa, que se discute en todas las casas del mundo.»

Aviso, spoilers de las películas 'Boyhood' y 'Nebraska' | Natalia Ginzburg escribió Las relaciones humanas en Roma durante la primavera de 1953. Este texto sería publicado en la revista Terza generazioneEl fragmento señalado viene a colación por un largometraje al que hasta hace varios días no me había atrevido a hincar el diente, como todo clásico que se precie. Ya sea instantáneo o no. Hablo de Boyhood (Richard Linklater, 2014), cuya mayor hazaña es haber sido grabada durante doce años. Entre 2002 y 2013 concretamente. A los cinco minutos de comenzar la película, el protagonista, Mason (Ellar Coltrane), no logra conciliar el sueño mientras escucha a su madre, Olivia (Patricia Arquette), discutir con su novio. ¿El motivo? Los hijos de ella«I was someone's daughter and  then I was somebody's fucking mother» // «Fui la hija de alguien y entonces fui la puñetera madre de alguien». Algo contra lo que el personaje se revelará a lo largo de toda la película. 



Existe otra escena igual de reveladora, casi cincuenta minutos después. Olivia se ha casado con Bill (Marco Perella), un profesor de la universidad; cada uno de ellos añade a la unidad familiar otros dos miembros más. En dicha escena, los cuatro hermanos se encierran en una habitación tras su padre -alcóholico- montar en cólera durante la comida. Mason se "entretiene" viendo un sketch de Funny Or Die con Will Ferrell. No quise ver Boyhood en su momento por la ingente cantidad de hipérboles a favor de la criatura de doce años de Linklater. Tampoco tuve tiempo para escaparme a un cine en versión original por aquel septiembre de 2014: mi primer trabajo remunerado. Casi dos años son suficientes para desinflar el temido bizcocho de la expectativa y he de dar la razón a todos aquellos que encumbraron esta obra a los altares del séptimo arte. Boyhood (*) es, como reza su subtítulo español, básicamente momentos de una vida. No hay grandes escenas. No hay grandes frases ni diálogos. Tampoco hay un drama exacerbado (**). Ni siquiera hay una muerte (en pantalla); tan sólo un padrastro alcohólico. Bueno... dos.

(*) La cual iba a llamarse 12 years antes de irrumpir 12 Years a Slave 12 años de esclavitud. Lo mismo le ocurrió a la Julieta de Almodóvar después de que Scorsese hiciese oficial el nombre de su próximo título: Silencio.
(**) Lorelai Gilmore, la hija del director, pidió a su padre que matara a su personaje Samantha, la hermana de Mason. Él se negó.



Boyhood ya me tiene ganado durante sus últimos compases después de que el personaje de Olivia resuma el quid de la cuestión (la vida)«I just thought there would be more» «Tan sólo creí que habría más»Se avecina el síndrome del nido vacío después de que su segundo hijo se marche a la universidad. Pero va Linklater -o a quién se le ocurriera- y envuelve los créditos finales con  Deep Blue de Arcade Fire y me acaba por rematar. Tras dos horas y cuarenta y cinco minutos, cierra el telón Boyhood. Cierra el telón la vida. La de Mason. Me revuelve el estómago porque un servidor machacaba en la cadena de música [que le regaló su padrino por su comunión] el álbum The Suburbs de Arcade Fire cada tarde mientras estudiaba segundo de bachillerato. Eso o 1999 de Love of Lesbian. Dudo de que pueda volver a vivir un verano con tantos horizontes abiertos como el de 2012. 

Otra película a la que me había resistido a hincar el diente es Nebraska (Alexander Payne, 2013), una road movie en blanco y negro de cuyo libreto es artífice un desconocido Bob Nelson. Exceptuando a Will Forte (la gran sorpresa para mí), cuenta con un elenco protagonista de aúpa: Bruce Dern -padre de Laura Dern-, June Squibb (a la que recientemente he pillado en la minoritaria ficción de HBO Getting on) y Bob Odenkirk (Breaking BadBetter call Saul). Puede que Nebraska no relate doce años pero rezuma toda una vida, la de Woody Grant (Dern), a través de los diálogos y los descubrimientos que su hijo David (Forte) hace mediante la interacción con su propia familia o los habitantes del pueblo donde sus padres antes vivían. Nebraska podría ser hasta una reflexión sobre el recuerdo -más allá de la demencia senil (¿o es alzheimer?)- cuyo mayor exponente sería la disputa de toda la familia por quién prestó dinero a quién. Nebraska maneja a la perfección los fantasmas del pasado invocados durante el viaje, algo que por ejemplo la también road movie 'Grandma' (Paul Weitz, 2015) hace más torpemente. Boyhood y Nebraska abrazan tal simplicidad que las aúpa sin embargo a la complejidad narrativa. Si la primera acaba con un muchacho de 18 años, disfrutando de la infinidad del horizonte... la segunda finaliza con un padre y un hijo acercándose a ese horizonte que una vez creyeron perenne.

jueves, 28 de julio de 2016

Adiós 'Looking'

Spoilers | Me resulta difícil hablar de Looking sin desviarme hacia lo personal. Hablé de ella en febrero y marzo de 2014 sobre su primera temporada. Hay una escena en la TV movie de la serie de HBO en la que se evapora toda bilis en contra de una serie que me entusiasmó sobremanera en su primer año pero provocó una inesperada indiferencia en el segundo. Es la despedida entre Patrick (Jonathan Groff) y Kevin (Russell Tovey) en la boca de metro. Kevin le pide un último abrazo (*). Patrick acepta. Kevin le da un beso en la mejilla... y otro en la boca. Le toca el lóbulo de la oreja izquierda y posa su mano derecha en la mejilla. Y adiós. Ya está. Eso es lo que quería Patrick: cerrar un capítulo de su vida. De eso trata la TV movie de Looking también. De dar carpetazo a una serie que nunca se ganó el sello HBO. O sí. Y por eso mismo no cumplió las expectativas del espectador homosexual hambriento de una ficción que le hablase de tú-a-tú, algo que la discusión entre Patrick y Brady -el novio de Richie- pone de manifiesto. No me dolió la cancelación ("cancelación"). Tampoco me dolió decirle a Ben que no viniera a España. Que no se subiese a ese avión cuyos tickets ya había comprado. Pero empecé a echar de menos Looking. Empecé a echar de menos a Ben, en cuya cocina de Durham vi el quinto episodio de la segunda temporada con la ansiedad por las nubes de un país extranjero. Con la errónea medicación y una cajetilla de tabaco LM -que fumaba desde que viví con mi señor abuelo- que me ventilé. Pocos días después, tumbados en la cama de su hermana en Caldecote -antes de que Paula nos interrumpiera para bajar a comer- estuve a punto de pedirle ser pareja y monógamos, algo que Looking -al igual que Please like me (**) o Six Feet Under también han tratado- utilizó como dramático broche a su segundo volumen. «Me hubiese gustado ver una tercera temporada», me dije allá por febrero cuando sí regresó Girls por quinto y penúltimo año. Una serie que también me ganó en su temporada debut para perderme momentáneamente durante los primeros compases de su segundo año. Contra todo pronóstico, su tercera temporada me reenganchó y a día de hoy continúa siendo mi favorita. Este capítulo final es una apuesta sobre seguro y cierra más o menos los arcos argumentales de todos sus personajes sin nunca olvidar que su protagonista siempre fue un insoportable Patrick, un espejo en el que me he sentido reflejado en muchas ocasiones. Andrew Haigh y Michael Lannan han preferido decir adiós con un buen sabor de boca tras la amargura de la cancelación. La serie me perdió al centrarse tanto en el quién-acaba-con-quién, formando un agónico triángulo amoroso entre Patrick, Kevin y Richie que degeneró en un quinteto con Jon y Brady en la ecuación. La serie no se centró solamente en la deriva amorosa de su protagonista (algo que por otro lado resulta comprensible, ¿por qué apostar por la coralidad?) sino que perdió un poco de vista a Dom (mi personaje favorito, qué bien le sienta la barbaza a Murray Bartlett) y Agustín, cuyos arcos argumentales podrían haber sido más exprimidos. Eché de menos a Lynn (Scott Bakula)... Tan sólo hay que ver a qué queda reducido el personaje de Eddie en la película. Y aún siendo consciente del patinazo de la serie, la TV movie me ha reconciliado con la serie y sobre todo con Patrick. Y bueno... hemos podido disfrutar de Doris.  

(*) ¿Quién no ha pedido un abrazo en busca de un beso?
(**)Ved Please like me, una serie a la que sí se le da bien tener un protagonista homosexual y encima crear inesperados triángulos amorosos no solo una vez, ¡sino dos!

martes, 19 de julio de 2016

La escena (semana 18-24 julio)


Aviso, spoilers de 'Tres colores: azul' y  'Copia certificada'
Diecisiete años pasaron entre la Juliette Binoche de Tres colores: azul (Krzysztof Kieslowski, 1993) y la Juliette Binoche de Copia certificada (Abbas Kiarostami, 2010), ambas versiones sujetando una taza de café. La primera para mezclarlo con un sorbete, solitaria, tras la muerte de su familia en un accidente de coche en la que ella también iba. La segunda, en compañía de un hombre que el espectador desconoce -y desconocerá tras el cese del repicar de las campanas y los créditos finales- si es su cónyuge o un completo anónimo al que acaba de conocer. Me encandila Juliette Binoche. Me recuerda a Rachel Griffiths (A dos metros bajo tierra, La boda de Muriel). Incluso a Helena. Caí rendido ante su figura vestida de Chanel en la retorcida Clouds of Sils Maria (Oliver Assayas, 2014) en la que no solo Binoche se ríe de sí misma (*) sino que Kristen Stewart y Chloë Grace Moretz hacen lo propio. Si hay algo que tienen en común Copia certificada Clouds of Sils Maria es que resultan más reconfortantes de analizar y recordar que de ver por primera vez. De eso también se trata el cine: de hacer pensar. De incomodar. Pero si hay algo que aplaudir de la obra de Kiarostami es ese giro de guion sin anestesia que se marca en el exacto ecuador de su película con un deus ex machina en forma de femme italiana. Ante el desconocimiento de la naturaleza de la relación entre los personajes de Juliette Binoche y William Shimell, la camarera da por hecho de que son marido y esposa y entabla una conversación de tú-a-tú con la protagonista femenina que resume a la perfección la dominación de las mujeres bajo el yugo machista. La conversación culmina con la femme obedeciendo las órdenes de unos clientes varones que piden más vino sin respeto alguno. Pero lo más fascinante a la par que frustrante del relato es la semilla de la duda que el cineasta iraní planta justo in media res: ¿son un matrimonio hastiado que juega a ser una pareja de desconocidos o son unos desconocidos que juegan a ser un matrimonio desavenido?

(*) Con mención meta a su participación en un blockbuster tipo Godzilla y un valiente desnudo integral.


martes, 12 de julio de 2016

El tiempo a veces perdona

Frances Conroy (Ruth Fisher) y James Cromwell (George) 
Hablemos de la muerte. De la vida. De la ficción que traspasa la realidad con técnicas narrativas que viran hacia la fantasía. O la ciencia ficción. Habréis oído hablar multitud de veces de ella. Habréis dicho de este verano no pasa sin que la vea para que dejen de dar el coñazo con que es la serie de mi vida. A dos metros bajo tierra marcó un hito en HBO junto a otras series como Los Soprano y Sexo en Nueva York. No nos olvidemos de Oz, la eterna desdeñada. O aquella que nadie vio en su momento y ahora se rescata en pack: The Wire. Six Feet Under como miembro vip de la ¿verdadera? edad de oro de las series ha tenido hijas de nuestro tiempo: Shameless, United States of TaraTransparent, Casual. Incluso The Big C. Todas ellas se erigen en torno a una familia atípica cuyo ojo del huracán puede ser el oficio, la enfermedad o la identidad de género. Jill Solloway, creadora de Transparent, reconoció la similitud entre ambas series. La también productora ejecutiva y guionista de SFU -creada por Alan Ball, guionista de American Beauty y padre de la también marciana True Blood- más tarde se embarcaría junto a Diablo Cody en aquel tour de force de Toni Collete en Showtime llamado United States of Tara que descubrió a Brie Larson, sí, la posible Captain Marvel. Pero ninguna de ellas -solamente Transparent- se acerca tanto al enigma que nunca tiene respuesta: la delgada línea roja que separa vida y muerte y en la que hacemos malabarismos todos los días. ¿Es necesario hacer una presentación de la serie? Tan solo tenéis que saber que es una familia que regenta una funeraria. Aquí dos reseñas que no hacen justicia a la serie: de 2011 y 2013.

Peter Krause (Nate Fisher) y Rachel Griffiths (Brenda Chenowith)
Six Feet Under cumplió 15 años el pasado viernes 3 de junio. Todas sus temporadas -a excepción de la segunda y la tercera que comenzaron en marzo- dieron su pistoletazo de salida alrededor del 40 de mayo. El verano le sienta bien a la serie. Una serie tan dramática y oscura con la claridad de Los Ángeles de fondo es mejor ver en época estival con menor carga lectiva o laboral. Para saborearla. Sufrirla en el mejor sentido seriéfilo de la palabra. Mi primera vez con SFU fue en 2011. Bueno, mentiría. No recuerdo cuándo pero hubo anteriormente intentos frustrados de ver el piloto. Nunca pasaba del segundo episodio hasta que lo hice la primera quincena de julio. ¡Click! No recuerdo el día. Recuerdo que volví de estar una semana en Fuenteguinaldo (Salamanca), perderme el Orgullo (aún estaba en el armario) y tener ganas de volver a ver episodios de Queer As Folk. Finalicé su primera temporada por cortesía para descubrir que A dos metros bajo tierra me hablaría también de la homosexualidad desde una perspectiva que yo pedía a gritos. A día de hoy, quince años después, el discurso (los múltiples y contradictorios discursos) de la serie continúa intacto y más fresco que nunca. Hay series que envejecen pero cuando tratas temas tan universales y atemporales, chronos no acecha, todo lo contrario: encumbra. ¿Fue A dos metros bajo tierra una adelantada de su época? Con la burbuja del remake, reboot, precuela y secuela en su punto más álgido, SFU es inmune. No hay manera de hacer una secuela (quienes-la-hayáis-visto-sabéis-porqué). ¿Para qué hacer una nueva versión cuando la original es como el vino? Los actores nunca estuvieron mejor y 63 episodios tampoco son para tanto. Eso sí, no son carne de maratón. En eso se parece a The Leftovers. Hay que dosificarla para no caer en una tonta depresión que con una ducha de agua fría se quitaría. Lo más fascinante de esta quinceañera es que uno encuentra satisfacción en su desasosiego. Uno se siente más vivo que nunca durante el visionado. Resultaría tramposo afirmar que ahora se hace cine en televisión (*) cuando en realidad se perpetúa el "séptimo arte" en la caja tonta desde que puede despertar los mismos sentimientos y en eso, SFU siempre fue una alumna aventajada. En, por ejemplo, hacerte llorar a moco tendido durante una hora con All Alone, el décimo episodio de la quinta temporada. Una hora que a día de hoy sigue estremeciéndome más que por ejemplo la famosa secuencia final a golpe de Breath me de Sia.

Mi escena favorita de A dos metros bajo tierra [4.01]

lunes, 11 de julio de 2016

Reportaje especial (II)

LA CARA B
Reivindicación, ayuda y colaboración son varias de las facetas de la poliédrica blogosfera
“Blog: sitio web que incluye, a modo de diario personal de su autor o autores, contenidos de su interés, actualizados con frecuencia y a menudo comentados por los lectores.” - RAE
Violeta Assiego tiene 44 años. Es lesbiana. Transgénero. Activista LGTBI (Lesbianas, Transexuales, Gays, Bisexuales, Intersexuales). Trabaja en Metroscopia como analista e investigadora. Estudió derecho. Está muy vinculada a la defensa de los derechos humanos y en concreto de los colectivos vulnerables y la discriminación por orientación sexual o identidad de género. El 23 de septiembre de 2013 fue publicada la primera entrada de 1 de cada 10, un blog sobre temática de diversidad sexual y de género que Assiego propuso junto a su amiga periodista Nayra Marrero a la subdirectora de 20 Minutos, Virginia Pérez, y la responsable de la sección de blogs, Melisa Tuya; quienes recibieron con las manos abiertas dicha propuesta y dieron luz verde al proyecto. "Me parecía un medio que representaba muy bien a la población en general sin tendencia ni sesgo políticos”, comenta Assiego. Sus creadoras no querían que se pudiera asociar el tema LTGBI con una corriente ideológica en concreto. 1 de cada 10 es el único blog sobre esta temática en un periódico español de información generalista.

Los cines Renoir Princesa albergan preestrenos a los que Fuertecito acude
A Pedro Fuertecito J. García le gusta también contribuir al feminismo y a la lucha por los derechos de la comunidad LTGBI a través de su blog. Fuertecito no ve la tele nació a caballo entre 2009 y 2010 -como proyecto paralelo al doctorado que estaba realizando- en el que en un principio sólo había cabida para la ficción televisiva pero después fue incorporado el séptimo arte. “Soy bastante activista. No es sólo sobre cine y televisión sino que también es un poco sobre la cultura en general y vender el cine y la televisión como el reflejo de la cultura y la sociedad en la que vivimos y como yo y la gente que visita el blog quiere que sea esa sociedad. La sociedad por la que luchamos un poco”, comenta Fuertecito sobre el uso de su blog (y el Facebook de éste) como plataforma para contribuir con su granito de arena a diferentes luchas sociales. Fuertecito tiene 34 años. Estudió Filología Inglesa en su Murcia natal y Comunicación Audiovisual en Sevilla. Un máster y un doctorado le prosiguieron al no encontrar trabajo. El germen de su blog está en fotolog, una red social de fotografía  que sin embargo, según Pedro J. García, “la gente utilizaba para soltar sus parrafadas personales y muchos lo usábamos para hacer críticas”. Fuertecito no ve la tele comenzó su andadura profesional en el servicio Blogger –permite crear y publicar una bitácora en línea- pero a los dos meses se mudó al sistema de gestión de contenidos Wordpress.

Quien desde un principio alojó su blog en Wordpress fue la talaverana Estefanía Soriano. Tiene 42 años. Madre de una adolescente de 14 y una niña de 5. Trabaja como funcionaria en un departamento de comunicación del Ayuntamiento de Fuenlabrada.  Padeció cáncer de mama bilateral estadio III.  Siempre ha sido muy inquieta con la tecnología. Le gustan mucho las redes sociales y antes de crearse el blog, ya tenía perfil de Twitter, Facebook, Instagram y Pinterest.

Estefanía padeció primero la enfermedad y después se tuvo que quitar el pecho sometiéndose a una mastectomía radical. El día antes de la operación, un 23 de agosto de 2011, nació Adiós, Lolas, Adiós. “Yo estaba en la sala de espera del hospital esperando a hacerme un reservorio de sangre y estaba hasta las muelas de contarle a todo el mundo lo bien que estaba”, relata una Estefanía cuya versión de hace casi cinco años se dijo a sí misma: “me apetece hacer un blog”. Se metió desde el móvil en el buscador y tecleó  cómo-crear-un-blog.  Fue autodidacta, aprendió a base de errores. “Ni siquiera había dado un curso de wordpress que ahora veo que hay dos mil millones”, compara.

En su génesis, Adiós, Lolas, Adiós era un diario personal aunque también un altavoz para su familia y amigos. Su filosofía de recién bloguera respondía a “yo escribo una vez y ya todos me leéis, sobre todo mis amigos. Pues ya sabes cómo estoy a través de eso”. Se asustó cuando el público lector dejó de ser exclusivamente su círculo familiar y amistoso. Adiós, Lolas, Adiós forma parte del bautizado -por sus propias integrantes- oncoblog, un mundo en el que las mujeres relatan su experiencia con el cáncer de mama.

De Talavera de la Reina es también Álvaro Cabo Ciudad. Cuando fue creado el primer blog reconocido en 1994, él ni siquiera había nacido. Álvaro nació en 2003. Diez años después utilizaría Blogger para dar luz a Mi país a través de mis ojos. La idea surgió un 30 de diciembre después de que Álvaro visitase la Biblioteca Nacional. “Quise sacarme el carnet de la biblioteca, entonces me lo denegaron simplemente por ser menor de edad”, cuenta el ahora ya adolescente y estudiante de 2º de la ESO (le adelantaron un curso por sus altas capacidades). Considera aquella adversidad como la gota que colmó el vaso después de otras desventuras anteriores y a raíz de eso, se preguntó: “¿A través de qué forma se le puede escuchar a un niño de diez años?”. Él lo que quería era denunciar lo que le había pasado y reivindicar su carnet. “¿Cuál es la forma más productiva? Internet. ¿Qué es lo que más me gusta? Leer y escribir. Los fusioné y además como se estaba poniendo de moda la tecnología blogger  pues así comenzó Mi país a través de mis ojos”, relata. Álvaro lee la prensa desde los seis años. Ve los telediarios desde los cinco.

Dos años después, su blog ha recibido más de 200.000 visitas y ha publicado casi 150 artículos. Nació con varios objetivos de entre los cuales el primero que se cumplió fue que su padre dejase de fumar por una apuesta que hicieron. Sin embargo su objetivo principal era y sigue siendo ayudar a otras personas, especialmente las que como él son de altas capacidades.

Donde hay patrón, (a veces) colabora marinero
Dicen que cada maestrillo tiene su librillo. Cada bloguero también. En el caso de 1 de cada 10, son nueve maestrillos y nueve librillos. Además de Violeta Assiego y Nayra Marrero al timón, navegan junto a ellas Laura Ramírez Martín, Lucía Rodríguez Sampayo -desde El Salvador-, Carmen López, Enrique Anarte Lazo, Nieves Gascón, Andrea Puggelli -desde Italia- y Charo Alises. Más allá de sus profesiones –periodismo, abogacía, fotografía, trabajo social, politología, Relaciones Internacionales, cooperación-, todos tienen algo en común: el activismo LGTBI. “Son una especie de pulmón y corazón al mismo tiempo, son los órganos vitales del blog”, se enorgullece Assiego. Ellos se responsabilizan de escribir una entrada al mes como mínimo.

Bajo la filosofía de 20Minutos.es de apostar por la participación de los usuarios, en 1 de cada 10 ha habido firmas invitadas de la envergadura de Lucas Platero, Beatriz Gimeno, José Ignacio Pichardo, Jesús Generelo, Fernardo Olmeda, Paco Tomás… También ha habido espacio para firmas menos conocidas. “Hay gente a la que invitamos a escribir y en otras ocasiones nos llegan los textos”, comenta la capitana de la bitácora. “La idea del blog es que todo el mundo pueda escribir, se sienta partícipe a escribir, no hace falta ser activista, ni hace falta ser LGTB, ni hace falta saber escribir”, detalla Assiego, quien se encarga como capitana de leer, revisar y editar los textos siempre y cuando no se altere su idiosincrasia.

En Fuertecito no ve la tele, hay patrón pero también marinero: David Lastra. Es uno de sus mejores amigos y se incorporó en mayo de 2013. ¿El porqué? El cada vez más elevado número de pases de prensa para la proyección de películas antes de su estreno. Como mínimo, Fuertecito acude a tres a la semana; máximo, siete. Ha habido semanas que ha acudido a seis o siete pases de prensa si no se han solapado. “Me gustaba mucho cómo escribía y solemos coincidir mucho en nuestras impresiones sobre series y cine. Y dije: bueno, puede ser una extensión coherente de lo que es mi marca, mi estilo y confié para que me ayudase en esos tiempos de necesidad”, comenta Pedro J. García sobre su particular Robin cuya colaboración no es remunerada aunque este Batman murciano puntualiza: “de vez en cuando le invito a comer”.  Tampoco es retribuido el trabajo de Fuertecito. “De blogger no se vive a no ser que seas un trendsetter absoluto”, aclara. Según el también traductor, para ganarte la vida como blogger tienes que estar inserto en un conglomerado (Sensacine, eCartelera, Fotogramas, Cinemanía…) o que te hayan contratado como firma dentro de un medio más grande.

El dominio y el hosting (alojamiento web) le cuestan a Pedro alrededor de unos setenta euros al año. En su blog hay publicidad: los pop-ups, es decir, las ventanas emergentes. Son anunciantes que se publicitan a través de plataformas como AdSense de Google y Adcash. “Están ahí porque tengo que sacar de alguna manera rédito al trabajo. En algún momento tendrá que dar algo… no sirven para nada. Un céntimo por cada click”, se queja. Pero el lector no hace click a no ser que se equivoque. La única publicidad que sí le aporta algún beneficio son los publirreportajes y los concursos propuestos por las empresas, las cuales pueden llegar a pagar no sólo el material del concurso sino también económicamente. Pero a Pedro no le gusta abusar del publirreportaje o el contenido patrocinado. Sus lectores están acostumbrados a un tipo de textos: “es injusto para ellos que te están siguiendo y desvirtúa la imagen del blog”. Fuertecito no gana dinero por ver la tele pero sí satisfacción aunque admite que  “también te abre puertas a otro tipo de trabajos y colaboraciones”.

En 1 de cada 10, sí hay una pequeña gratificación. “Casi simbólica”, matiza Assiego. Estefanía Soriano, en cambio, pertenece a la categoría Juan Palomo de la blogosfera: yo me lo guiso, yo me lo como. Podría sacar beneficio. Desvela que hay un mercado negro de farmacéuticas y empresas en busca de datos de pacientes. Álvaro Cabo Ciudad también se guisa su redacción y hasta el diseño del blog aunque con una peculiar ayudante de cocina: su madre. Es quien modera los comentarios del blog y se encarga de las redes sociales. “Mi madre ha sido y será mi manager. Es la que organiza todo más o menos”, detalla. 

La decisión de Estefanía
A Estefanía Soriano, creadora del blog Adiós, Lolas Adiós y paciente de cáncer de mama, le marcó mucho una doctora. “Yo estaba en el hospital, me acababan de diagnosticar y de operar, empezaba el tratamiento de quimio en nada”, relata. Estefanía estaba en su vorágine del día a día y le dijeron que iba a estar un año parada. Ella ni se lo imaginaba: “¿Yo dejar de trabajar un año?, ¿qué me estás contando? Luego fueron dos”.  La ginecóloga que le atendió también había sido paciente. “Llegó con su pelo, que es algo que te obsesiona, que se te va a caer y le ves ya a ella con su melenón, trabajando”, recuerda. Para Estefanía fue fundamental ver a alguien que había retomado su vida tras la enfermedad. Es por ello que tomó la decisión de abrir una bitácora en la que diera constancia a otras mujeres de que “el cáncer se supera y puedes hacer una vida relativamente normal después y que si consigues tener un ánimo firme puedes ayudar a la gente”.

A Estefanía tan sólo le bastó un móvil para crear su blog el día antes de la mastectomía
Lo personal es político
Mientras 1 de cada 10 y Fuertecito no ve la tele comparten la reivindicación de la cuestión LTGBI; Adiós, Lolas, Adiós y Mi país a través de mis ojos tienen otros frentes de ayuda y protesta. Gracias a su blog, Estefanía Soriano fue requerida en 2015 junto a otras asiduas del oncoblog por una farmacéutica interesada en el idioma que usan para conectar con su público. “El blog del tema cáncer es curioso porque tenemos una faceta detrás que no se ve. Tú ves muy pocos comentarios en el blog pero tengo mil correos”, cuenta Soriano, consciente de que “se crea un vínculo muy especial entre la mujer que ha pasado la misma enfermedad”.  

No sólo farmacéuticas se han aproximado a ella, también los medios de comunicación al ser voluntaria testimonial de la Asociación Española Contra el Cáncer. Le parece que el oncoblog “es el altavoz más bonito del mundo cuando una enfermedad tan dura, sabes que la va a pasar tanta gente y que la está pasando tanta gente y al ver a alguien que ya la ha pasado, que te lo cuenta en pasado con un punto de vista de ‘¡oye, que esto se pasa, que puedes seguir haciendo tu vida!’, a mí  me parece tan fácil hacerlo así que ojalá tuviera el triple de lectores y el triple de difusión porque en un caso como este, es medicina”. Para Estefanía Soriano, escribir es una terapia muy positiva con la enfermedad. “Yo soy informadora, reclamo mucha información y en mi caso no la encontré. Los médicos te dicen que ‘ni se te ocurra buscar’”, se queja la onco-bloguera que quiso cambiar un poco el concepto de que no todo lo que hay en internet es malo.

La interacción con sus seguidoras es directa. Contesta rápido a los correos electrónicos. Incluso queda en persona con ellas. “Me gusta no solamente ese día de la consulta sino luego que me cuenten cómo les va”. Una seguidora le llegó a consultar si dejaba a su marido. En el cáncer de mama, hay muchos temas detrás –la sexualidad, el mirarse en el espejo- que son el día a día que ni siquiera el médico cuenta. Estefanía sí. La catalogación de minusvalía a los enfermos de cáncer –inexistente- es otra de las tantas reivindicaciones en su blog aunque también hay lugar para consejos de belleza desde extensiones de pestañas –más cortas tras la quimioterapia- a pezones de silicona. Estefanía ha llegado incluso a estar en la consulta de una paciente que se iba a reconstruir el pecho y estar dudando: “¿Qué hago? ¿Lo hago o no lo hago?”. Estefanía cierra la puerta, se quita la camiseta y dice: “¿Te gusta? ¿No te gusta? Pues mira… duele aquí… duele aquí… o esta marca aquí…” Para ella, esto “es fundamental en muchísimos casos para que la gente tome una decisión”.

En el caso de Álvaro Cabo Ciudad,  el tema que más aborda en Mi país a través de mis ojos es la educación. También habla de actualidad política y economía pero nunca pierde el foco: ayudar a través del blog, su libro Ser inteligente no es un delito y su conferencia Tu éxito está en tu esfuerzo, a las personas que posean altas capacidades y sobre todo dar herramientas a los profesores para sacar provecho de ellas. Uno de las entradas de las que más orgulloso está es Ni uno más. Fue publicada el 22 de enero de 2016, el mismo día en que Diego González –un chico de altas capacidades- se suicidó. “Estaba tan sumamente cabreado que ni leía lo que escribía”, afirma Cabo Ciudad quien no ve lógico que un chico pueda suicidarse por tener tal dotación.

“Tienes que tener claro que si quieres mantener un blog más de dos años, no puedes malgastar tu tiempo jugando a la play, en redes sociales, en el ordenador…”, opina el joven talaverano. El futuro está a la vuelta de la esquina. A Pedro le gustaría “con el tiempo” convertir Fuertecito no ve la tele en un portal de autores “pero es algo que lleva tiempo y un poco más de organización que no puedo dedicar”. Violeta contempla la consolidación de 1 de cada 10. Existirá si tiene sentido. Si no, “habrá sido una experiencia maravillosa”. Álvaro augura el mañana desde su faceta más emprendedora: “Mi país a través de mis ojos va a tener una expansión a Latinoamérica brutal”. En el caso de Adiós, Lolas, Adiós, el tiempo se mide de distinta manera. “Yo soy una enferma de alto riesgo y siempre voy a tener revisiones, siempre voy a tener momentos de tensión, siempre voy a tener momentos de dificultad porque la enfermedad te ha dejado unas secuelas que irán apareciendo con el tiempo. Material siempre va a haber”, se resigna Estefanía. Dependerá de ella si le apetece seguir. A día de hoy, todo el futuro del mundo.